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Voluntariado familiar

El voluntariado familiar es un plan solidario que consiste en dedicar la mañana de dos sábados al trimestre (de 10:30h a 13:30h) para hacer en familia salidas solidarias de carácter lúdico con niños con discapacidad. En total en el curso se hacen 5 salidas, nunca puente ni vacación.Estos niños (de edades entre 3 y 12 años) tienen discapacidades psíquicas y a veces también físicas, y sus familias no disponen ni de recursos ni de tiempo de ocio que puedan dedicar.

En casi todos los casos sus salidas se reducen a ir “de casa al colegio”. Cada familia voluntaria, los sábados elegidos por ella, se le asigna un niño al que recogen en su casa y lo llevan a la actividad preparada por la ONG para ese día, junto con todo el grupo de familias del colegio donde comparten y disfrutan de un rato de ocio: un museo, un parque, una ludoteca, un taller de magia, etc.

Transcribimos dos testimonios de familias voluntarias:

Familia García Sanz

“El voluntariado familiar ha entrado en nuestra familia como una novedad, una novedad que nos aporta a nosotros y sobre todo a nuestros hijos el saber que existen niños con dificultades, con una suerte distinta a la nuestra.

Rápidamente cogimos cariño a Óscar,un niño de 12 años con autismo. Ha sido nuestra primera experiencia y animamos a todas las familias a este voluntariado familiar que tan bien organiza la Fundación Desarrollo y Asistencia. Es muy bonito iniciar a nuestros hijos en el servicio a los demás.

Desde ese día, Óscar y su familia ha entrado en nuestra vida en nuestras oraciones y cada día nuestros hijos piden por él en su oración de la mañana.

Muchas gracias por todo”.

Ángel y Cristina

 

Familia Lago Pavía

“El voluntariado familiar que hacemos con el Colegio es una grandísima experiencia para nuestros hijos y, especialmente, para nosotros. La realidad de niños como Alfonso y la situación que afrontan sus familias “despiertan nuestra conciencia” —como nos ha exhortado el Papa en este año de la Misericordia—, generando un sentimiento de ayuda y solidaridad hacia el prójimo que en la familia nos es de grandísima ayuda.

Es impactante la alegría de los niños, aun cuando como Alfonso, sufren autismo, y cómo los “pequeños” voluntarios de nuestras familias acompañan, juegan y ayudan a Alfonso y sus amigos con gran naturalidad y cariño”.

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Peregrinación al santuario de Lourdes

Por Patricio (Paddy) Satrústegui y Jacobo De la Calle  (2º ESO F)

 

El pasado jueves 17 de octubre, al finalizar las clases, mi padre y el padre de mi amigo Paddy, pasaron a recogernos para iniciar la  peregrinación al santuario de Lourdes —donde se dice que la Virgen  de Lourdes sana a los enfermos—,  acompañando a los enfermos de la Hospitalidad Vizcaina.

Nuestra primera parada fue en un pequeño pueblo a las afueras de Bilbao, donde cenamos, para dirigirnos rápida mente a la casa de Paddy a dormir, porque el día siguiente iba a ser  muy largo y tendríamos que levantarnos muy temprano.  A las cuatro y media de la mañana nos levantamos y después de  desayunar, nos dirigimos a casa de uno de los enfermos a los que íbamos a acompañar. Tras recoger a Kepa, un amigo de Paddy y su familia, que sufre parálisis cerebral,  pusimos rumbo a un colegio donde habíamos quedado con el resto  de camilleros y peregrinos. Cuando ya todos estaban en el punto de  encuentro, nos subimos a los autobuses e iniciamos nuestro viaje. Estábamos un poco nerviosos,  porque no sabíamos realmente lo que nos íbamos a encontrar.

Cuando llegamos al Santuario de Nuestra Señora de Lourdes, fuimos directos al hospital donde íbamos a alojar a los enfermos durante los siguientes días. Inmediatamente fuimos asignados a la  zona de niños y jóvenes. Paddy y yo, éramos los camilleros más jóvenes de la peregrinación, pero teníamos muchas ganas de ayudar.

Los hospitalarios más veteranos se  portaron muy bien con nosotros, y  continuamente nos enseñaban lo que teníamos que hacer y cómo podíamos ayudar a los enfermos. Es cierto que nosotros hacíamos tareas menores con respecto a las  que hacían nuestros padres, pero aun así trabajábamos mucho y muy duro. Y ver la sonrisa de to dos aquellos discapacitados y enfermos era más que emotivo. A la vez podía resultar un poco triste ya  que muchos de ellos eran pobres y también las enfermedades que padecían les impedían realizar actividades que nosotros hacemos a diario.

Durante tres días, ayudamos a chicos con parálisis cerebral, síndrome de Down y otras enfermedades; les hemos llevado a las celebraciones de la Misa y a las procesiones que se organizan durante la peregrinación. También hemos salido con ellos al pueblo,  y hemos colaborado en las Misas con los sacerdotes, poniéndonos a disposición de la organización del Santuario.

Cada día nos solíamos  levantar muy pronto. De vez en cuando teníamos que llevar a los  enfermos de un lugar a otro y para hacer eso se les llevaba en carros, unos carricoches con capota y  mantas por si hacía frío, de las que había que ir tirando. A veces resultaba un gran esfuerzo tener que tirar del carro ya que pesaban mucho. Este párrafo lo escribe directa mente Paddy: “En la peregrinación me pasó algo muy emotivo: estábamos saliendo de una Misa y,  mientras sacaban a los enfermos,  vi a una enfermera que tenía problemas para tirar de un carro y la ayudé. Nos fuimos a hacer un Via  Crucis y, antes de volver al hospital,  la mujer enferma en el carrito quiso pasar por la gruta. Como llevábamos el carro pudimos saltarnos toda la cola que había y entramos directamente en la gruta. Mientras  pasábamos la enferma lloraba —  yo no sabía por qué—. Seguimos el caminito mientras la mujer enferma tocaba la pared de la gruta. Al salir le pregunté por qué había estado llorando desconsoladamente. Me dijo que había estado llorando porque anteriormente había padecido una grave enfermedad y  haber llegado hasta Lourdes la había emocionado”.

El sábado hubo una fiesta para los enfermos. Para muchos de  ellos aquella peregrinación eran sus vacaciones y queríamos que se lo pasasen bien. La fiesta salió muy bien y todos nos divertimos mucho. El obispo de la Diócesis de  Bilbao, que también acudió a la  fiesta, contó unos chistes buenísimos y a Paddy le escribió una dedicatoria. En definitiva, esos días trabajamos mucho, echando una mano en todo lo que pudimos, siempre con ayuda de la Virgen, a la que nos encomendamos al inicio de cada día; pero, sobre todo, hemos  aprendido a valorar lo que tenemos y a ver a Dios en los demás. Hay muchas personas que viven una vida muy complicada, así que no hay que quejarse de las pequeñeces de nuestra vida ya que mucha gente vive una vida durísima, pero lo más increíble es que lo viven con alegría.  Tenemos muchas ganas de vol ver el año que viene con nuestros  amigos.

Hoy tú no eres el “prota”

Familia Romera Calaforra

 

Antes de entrar en Retamar, nuestro hijo estuvo en un colegio estupendo llamado Everest. Entre sus muchas buenas ideas estaba “la semana del protagonista”, en la que el niño en cuestión podía ir disfrazado al cole, llevaba fotos de su familia, de sus vacaciones, se    colocaba el primero de la fila, ayudaba a repartir la merienda, etc. En definitiva, era “El prota”.

Me sorprendo a mí mismo cuando analizo cuántas veces -sin que sea de un modo tan oficial y tan sonado- seguimos haciendo a nuestros hijos “protas” de nuestros días, de nuestro fin de semana, de los planes, de las vacaciones… Como me ocurre con tantas otras cosas, ya no sé si eso es bueno o todo lo contrario, y por ese motivo no lo voy a adjetivar. Diré simplemente que tiene ventajas, pero también inconvenientes.

Hay una mañana cada mes y medio aproximadamente (¡ya ves tú!) en la que participamos en el “voluntariado familiar” y en la que oficialmente se les dice: “Hoy, hijo, tú no eres el prota”. Hoy, si te aburres, no es importante, porque lo importante hoy es que fulanito o menganita se lo pase rebien. Si esta mañana no te hacemos tanto caso, tendrás que aguantarte. Si no te doy la mano es porque la tengo ocupada con la mano de una niña que obedece más a las caricias que a las palabras, a un niño que se ríe más si le hago “cosquis” que si le cuento un chiste. O simplemente porque estoy tan sumamente concentrado que te oigo pero no te escucho en absoluto. Yo, que nunca he sabido hacer dos cosas bien a la vez, resulta que ahora estoy pendiente de las reacciones de un niño que no tengo claro si se entera de que estoy ahí  con él o no. Porque si cada niño es un mundo, en esto del voluntariado familiar la frase adquiere un sentido amplio donde los haya.

Luego la cosa evoluciona y ya puedo estar pendiente de más cosas. De cómo le coges tú de la mano porque está “helao”. O de cómo le soplas flojito para que se le seque el sudor de la frente después del partidazo que hemos echado. O de cómo le miras, flipado por completo, intentando entender “no sé qué”, y acto seguido te levantas y le haces una caricia sin venir muy a cuento. Vamos, que sin querer, vuelvo a estar pendiente de vosotros y eso que hoy, como os hemos repetido mil veces, no sois “los protas”.

Hemos pasado de un voluntariado a secas como hacíamos de jóvenes a un “voluntariado familiar” (me encanta el adjetivo). Hemos construido una actividad familiar que esta vez    no es un plan pensado para vosotros, aunque creo que en gran medida también lo es. La actividad del voluntariado familiar es así. Como decía mi abuela, “se juntan las hambres y las ganas de comer”. Dicho en fino, se aúnan las buenas ideas (ahora sí las califico de buenas) con una organización muy bien pensada que ha conseguido dar forma a un proyecto en el que, como poco, intervienen tres ideas fundamentales. Dos te las explican detalladamente en la charla de iniciación. La tercera ya te la he adelantado en los    párrafos anteriores, pero volveré a ella al final.

El primer objetivo es que los niños disminuidos psíquicos cambien de aires, se diviertan con otros niños de su edad y que pasen un día distinto, fuera de las rutinas habituales.    Que se rían, que se diviertan (en algunos casos es difícil afirmarlo, pero en la gran mayoría de los niños, la deficiencia es leve y no les impide ser tremendamente expresivos).

El segundo objetivo que te explican es el del “respiro familiar”. Porque hay casos en los que la atención que requieren los niños es intensa y continuada. Es muchísima atención y aunque nadie se queje, debe ser agotador. Os pongo un ejemplo. En una ocasión, sacamos    a un niño autista de unos 10 años y fue la primera vez que su madre se separó de él. (¿Impresionante, verdad?). ¿Sabéis para qué aprovechó la cobertura? Pues para ir a hacer la compra sola (bueno, sola con su otra nieta). A la vuelta, ya al despedirnos incluso nos preguntó si tenía que pagarnos algo. Le dijimos que con 50€ quedábamos en paz (¡¡que noooo, que es broma!! Es que parece que os veía leyendo con cara melancólica y no se    trata de eso sino de animaros). Perdonadme la broma, pero quedaros por favor con la pregunta para que veáis hasta qué punto un descanso de una mañana puede ser algo extraordinario en algunas familias.

El tercer ingrediente que interviene en esta actividad no te lo explican en la charla, pero para eso estoy yo escribiendo esto, ¿no?. Se trata de un intangible para nuestras familias y que no tengo ningún pudor en reconocer que también ha pesado en la decisión de comenzar el voluntariado familiar. Educar en la generosidad. Compartiendo el tiempo, los planes, el protagonismo y de una forma u otra darse a los demás. Nuestros hijos, todos y de acuerdo a su edad, participan de una actividad en la que toda la familia está involucrada.

Permitidme  aquí deciros que conocí a una colega voluntaria en su carrito de bebé y que ahora nos acompaña con sus dos añitos cumplidos (¡menudo ejemplo de familia!). Como decía, nuestros hijos lo viven, no se lo  contamos. Descubren que existen estados de salud distintos a los suyos, otras zonas de Madrid por las que no pasamos habitualmente, barrios con otros colores, casas diferentes a la tuya, a la mía, a la del último cumpleaños al que le llevamos. Sobre todo, aprenden sin darse cuenta a convivir con los chicos. A reducir esa distancia que crea la ignorancia, a normalizar esas reacciones instintivas que sólo con el    trato conseguimos incorporar en nuestras conductas. Dudo mucho que a alguno de nuestros niños del voluntariado se le ocurra usar la palabra subnormal como insulto, hacer muecas de cualquier niño con una deficiencia, retirarse cuando algún niño se acerca a darles un abrazo, hacer un mal gesto cuando les den un beso con más o menos babas, mirarles por encima del hombro, etc. Pongo mi mano en el fuego que no lo harán, y estas cosas son realmente importantes, son tremendamente valiosas en cual  quier educación que quiera considerarse completa, integral o como se quiera llamar.

Nuestros hijos son pequeños. Van a donde les llevamos y de momento no pueden conocer por sí mismos ciertas cosas si no se las mostramos, mejor aún, si no las vivimos con ellos. En fin, paradme que me embalo yo solo. Es una oportunidad excelente para que ellos (y nosotros) se planteen temas de un modo verdaderamente profundo (te sorprenderán sus preguntas). Un momento para transmitirnos sus dudas y, cómo no, una oportunidad de oro que nos dan para enseñarles a ensanchar el corazón con nuestras respuestas. No me cabe la menor duda de que lo hacen. Mi cuñado viene acompañándonos estas últimas salidas y a pesar de no tener niños, le resulta evidente la combinación de estos tres ingredientes de los que te he hablado. Para su caso, como para nuestros hijos universitarios, la ONG    (Desarrollo y Asistencia) tiene otros programas específicos con jóvenes de su edad, ya sin la familia detrás y con actividades más adaptadas tanto a los niños disminuidos como a ellos mismos. Planes de ir a la bolera, al retiro, visitas en hospitales, residencias, etc.

Volviendo al “voluntariado familiar”, me pregunto si con más familias como vosotros se podría  ampliar el círculo de colegios, asociaciones, entidades, familias que se benefician (que nos beneficiamos) de esta iniciativa tan bien ideada. En fin, que termino ya con la    misma intención de no adjetivar con bueno o malo, pero esta vez me voy a permitir al menos “cuantificar”. Diciéndote que, en resumen, esta actividad del voluntariado familiar tiene muchísimas más ventajas que inconvenientes y que por eso yo te animo sinceramente a que lo emprendas.

Familias solidarias

En el 2012 nos pareció bien colaborar con el voluntariado familiar que organiza Retamar para ayudar a niños discapacitados y a sus familias. Con nuestros tres pequeños a cuestas (Jesús tenía 11  años cuando empezamos, Javi 6 y  Pablo 5) íbamos a buscar al niño que correspondiera, que casi siempre era el mismo, con el fin de acostumbrarnos tanto nosotros a él  y como él a sus nuevos amigos.

Aunque preparábamos a  nuestros hijos antes y lo recordábamos por el camino, siempre  surgían comentarios de asombro: “¡Mamá, que no sabe hablar!, ¡se le escapa la baba!, ¡me ha pegado!”. “Oye, Pablo, en realidad no te pega, sino que de lo contento que está de salir contigo a jugar lo expresa dándote golpecitos  porque no sabe hablar”, a lo que  se queda más tranquilo y responde: “Ah, bueno”.

Van conociendo sus dificultades y se acostumbran a tratar con niños diferentes. Disfrutan llevando las sillas de ruedas, a  veces hasta jugaban a una especie  de “Mario Car” entre dos sillas, pasándoselo pipa los niños que iban en ellas. Juegan con ellos a actividades sencillas y adaptadas para que esos niños participen, les limpian y atienden en el baño, les terminan entendiendo y traduciendo a sus padres lo que dicen.

A pesar de que en sábado algunos de nuestros hijos están apuntados a actividades deportivas, no les importaba dejarlas alguna vez al  trimestre. Ya que no es tanta la dedicación que se nos pide en este tipo de voluntariado. No solo es un tiempo dedicado a cuidar a esos niños, sino que nos lo pasamos bien en familia, con los amigos que vamos e incluso con el resto de primos Nistal, que también están apuntados.

Familia Nistal Piqueras

Las jornadas del voluntariado familiar son un  medio fantástico de educar a los hijos y de  reeducarnos a nosotros como padres. No solo compartes tu tiempo libre con familias que lo necesitan, sino que son ellos, los niños con discapacidades y sus padres los que nos ayudan a oxigenarnos de este mundo consumista y egoísta. Uno se da cuenta de cuánta gente buena hay. Por eso animamos a las familias del colegio a compartir su tiempo con estas familias que siempre nos reciben con los brazos abiertos.

Familia Mateos Solano

 

Más que educativa para los hijos y gratificante para todos

DYA

Cuando en ma­yo de 2013 nos dijeron en la Fundación Desarrollo y Asisten­cia que nos iban a agradecer “nuestra ge­nerosa dedicación”, al llevar cinco años como volunta­rios, nuestro pensamiento fue que en realidad los que estábamos enormemente agra­decidos éramos no­sotros.

Muy agradecidos a la Fundación DyA por darnos la oportu­nidad de realizar una labor de voluntaria­do junto a nuestros hijos, más que educativa para ellos y gratificante para todos.

Y agradecidísimos a Gisela, a Laura, a Sergio, a John, a Miguel Ángel, y a todos los demás niños con los que compartimos unas po­cas horas las mañanas de algunos sábados.

Todos ellos son niños especiales con alguna discapacidad y vienen de familias con muy pocos recur­sos. ¡Pero la de cosas que nos han enseñado tanto a nuestros hijos co­mo a nosotros! Y los grandes ratos y enriquecedoras experiencias que hemos pasado con ellos.

Y dignas de admirar sus fami­lias, que con tanta dedicación y entrega cuidan de estos niños, en medio de tantas dificultades. Siem­pre nos maravilla lo sonrientes y cariñosos que son cuando llega­mos a su casa a recoger al niño o cuando lo devolvemos.

Familia Díaz de Rábago Pemán

Marwa

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Afrontar un fin de semana en una casa con cinco niños pequeños, de entre ocho y dos años, es toda una experiencia: no hay un plan que guste a unos y no desagrade a otros, que irrite a estos y entusiasme a aquellos. La diferencia de edad hace que no puedan compartir todavía muchos planes; vamos, que hay que calentarse mucho la cabeza para organizar algo y no acabar “tarifando” entre todos.

Si además de cinco críos, uno tiene una mujer con inquietudes, que se apunta a todo aquello que signifique mirar un poco por los demás (que al final es mirar un mucho por los suyos), y que parece que se aburre en casa y en el trabajo —cuando en realidad no para ni en uno ni en otro—, pues…, va y te apunta a un tema de voluntariado. Y la respuesta del cabeza de familia es inmediata: “Estás loca, con los cinco, no cabemos en el coche., es la mañana entera…, adónde vamos a ir…”

Pero como “el de arriba” ha hecho las cosas sensatamente: a unos para mandar, y a otros para obedecer, pues allá que va la familia a una experiencia que comenzó con una charla en el Colegio a la que me llevó mi mujer (en fin de semana, claro) , y que uno pensaba que no iba con él… Entonces, aparece un día Marwa, una delicia de cría que no anda, ni habla, que le cuesta coger las cosas, pero que mira profundamente, como desde otro lugar, y tiene dibujada, permanentemente, una sonrisa que hipnotiza.

Y en la furgoneta de cinco fieras se hace un silencio respetuoso con su llegada, se cruzan miradas y con la insolencia propia de la niñez, comienza la batería de preguntas. Luego, casi sin solución de continuidad, viene el querer empujar su silla de ruedas, el cogerle la mano y preguntarle cosas a ella directamente. Más tarde de nuevo el silencio al ver a otros niños como Marwa que se concentran con otras familias como la nuestra. Y con la naturalidad pasmosa con que los niños, sin palabras, se entienden entre sí, todo vuelve a la normalidad.

Es sólo una vez al trimestre, pero los pequeños, como los mayores, se han quedado esta mañana con esa sonrisa en el corazón. Y preguntan, y comprenden mejor que nosotros, y se olvidan de los coches, la tele y demás, por perseguir una pelota con una niña en silla de ruedas o cantar villancicos todos juntos. Los críos, sobre todo aceptan. Aceptan que compartir tiempo con otros niños especiales, tocados por Dios, es una cosa normal, tan normal como Marwa.

Familia de Toro Milán


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Desayunos Solidarios diciembre 2010

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Los desayunos solidarios organizados por el colegio Retamar me han parecido una actividad muy interesante. La actividad consistía en que padre e hijo iban por las calles de Madrid ofreciendo desayuno a indigentes de las calles. La mayoría se encontraban en las iglesias, en portales o en cualquier sitio en el que pudiesen estar resguardados del frío. Además, aprovechábamos ese momento para entablar conversación con ellos y hacerles pasar un rato agradable Fue una experiencia muy buena porque ayudamos a mucha gente de la calle a olvidar sus preocupaciones. Me ha servido muchísimo para darme cuenta de que, en el fondo, soy un privilegiado porque tengo de todo y me sobran muchas cosas.

José Carlos González Jiménez 1º E.S.O A

El principio de nuestro desayuno empezó en el club Neveros. Aunque llegamos 10 minutos tarde, no había empezado así que nos explicaron la actividad un poco y nos dijeron que hiciéramos los grupos. Yo me fui con mi padre, Javier González y su familia. Debíamos ir por Gran Vía, pero nos dimos un largo rodeo por los alrededores. (Más bien no dimos casi un paso por Gran Vía). Javi y yo queríamos ir por todas las calles pero había dos calles que los padres no querían que fuéramos, una se llamaba Ballesta. El menú estaba compuesto por algunos bollos, mantecados y napolitanas. Y para beber teníamos leche, café y café con leche. El primer pobre al que dimos de comer fue sin tener que salir del coche: se nos cruzó en el semáforo y, como no, le ofrecimos café y bollería. A mí el que más amigable me pareció fue un señor que venía de Córdoba y nos dijo que él ayudaba a los demás pobres de alrededor. Por ejemplo nos dijo que el día anterior había recaudado 11 euros y que se los había gastado en mortadela y pan para hacer bocatas y repartirlos. Eso a mí me pareció un claro ejemplo de generosidad. Luego nos encontramos con un señor que no entendíamos ni una palabra. Y en una ocasión, cuando llegamos la señora estaba llorando. No me atreví a preguntarle por qué, así que eso seguirá siendo un misterio.

Santiago Baltar Cerero 6º Primaria C

 Hasta diciembre del año pasado yo no sabía lo que era vivir mal. Por lo menos no hasta que fui a mi primer desayuno solidario. Consiste en ir con café y bollos o galletas a ofrecer un desayuno caliente a los sin-techo. Lo que aprecian más es la compañía y conversación, la oportunidad de que expresen sus sentimientos. El desayuno solidario tiene también su técnica pues si nos acercamos mucha gente a la vez a veces se asustan (están sometidos a acosos de bandas criminales). También se debe pensar antes de abandonar el punto de partida adónde va a ir cada grupo para no estar todos en la misma zona y así poder estar con más sin-techo. Lo de dar cuantos más desayunos mejor, en mi primera experiencia provocó una especie de competición absurda, pues vale más estar media hora con un necesitado que un minuto con cincuenta. Mi experiencia de este año fue la siguiente: llegamos temprano al club Argüelles donde ya había algunas familias esperando. Cuando ya parecía que no iban a llegar más familias nos pusieron un vídeo donde se explicaba cuál era el fin de los desayunos solidarios. Después repartieron azúcar, galletas, café, etc. para que diéramos. Mi padre, mi hermano y yo, junto con otras dos familias más, estuvimos en la Cuesta de la Vega y en la Plaza de España, donde casi todos nos lo agradecían y nos contaban cómo habían llegado a esa situación. Tuvimos la suerte de encontrarnos con un alemán al que ya habíamos dado un desayuno el año pasado. Al terminar la mañana volvimos a Argüelles e intercambiamos anécdotas e historias que nos habían ido contando a lo largo de la mañana. Es una gran oportunidad para conocer cómo viven algunas personas y ayuda a descubrir todos los dones que Dios nos ha aportado, no sólo espiritualmente si no también en el sentido material. Es una experiencia única para ver la vida desde el otro lado y merece la pena ir cuantas veces se pueda y espero veros el año que viene recorriendo las calles de Madrid en busca de personas a las que acompañar.

Víctor Torre de Silva Valera 1º ESO C

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El Domingo día 12 de diciembre de 2010 mi padre y yo nos apuntamos al Desayuno Solidario por las calles de Madrid organizado por el club Argüelles. Durante dos horas y media recorrimos los alrededores del Templo de Debod, La Plaza de Oriente, el Viaducto de Segovia y la Cuesta de la Vega. Hablamos con los pobres, dimos café y bollos a 15 personas de 10 nacionalidades distintas de Europa, África, Asia y América. Todos nos dieron las gracias y nos contaron algo de su vida y algunos, cómo habían llegado a terminar durmiendo en la calle. Otros me sonreían y me decían: “¡Qué bien que vayas con tu padre y veas nuestra situación para que aprendas de ella!” El año que viene, si Dios quiere, repetiré esta experiencia con mi padre. Os animo a que algún año viváis esta experiencia pues nos ayuda a darnos cuenta de la suerte que tenemos porque no nos falta de nada.

Pedro Johansson Dinesen 6º Primaria D