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Peregrinación al santuario de Lourdes

Por Patricio (Paddy) Satrústegui y Jacobo De la Calle  (2º ESO F)

 

El pasado jueves 17 de octubre, al finalizar las clases, mi padre y el padre de mi amigo Paddy, pasaron a recogernos para iniciar la  peregrinación al santuario de Lourdes —donde se dice que la Virgen  de Lourdes sana a los enfermos—,  acompañando a los enfermos de la Hospitalidad Vizcaina.

Nuestra primera parada fue en un pequeño pueblo a las afueras de Bilbao, donde cenamos, para dirigirnos rápida mente a la casa de Paddy a dormir, porque el día siguiente iba a ser  muy largo y tendríamos que levantarnos muy temprano.  A las cuatro y media de la mañana nos levantamos y después de  desayunar, nos dirigimos a casa de uno de los enfermos a los que íbamos a acompañar. Tras recoger a Kepa, un amigo de Paddy y su familia, que sufre parálisis cerebral,  pusimos rumbo a un colegio donde habíamos quedado con el resto  de camilleros y peregrinos. Cuando ya todos estaban en el punto de  encuentro, nos subimos a los autobuses e iniciamos nuestro viaje. Estábamos un poco nerviosos,  porque no sabíamos realmente lo que nos íbamos a encontrar.

Cuando llegamos al Santuario de Nuestra Señora de Lourdes, fuimos directos al hospital donde íbamos a alojar a los enfermos durante los siguientes días. Inmediatamente fuimos asignados a la  zona de niños y jóvenes. Paddy y yo, éramos los camilleros más jóvenes de la peregrinación, pero teníamos muchas ganas de ayudar.

Los hospitalarios más veteranos se  portaron muy bien con nosotros, y  continuamente nos enseñaban lo que teníamos que hacer y cómo podíamos ayudar a los enfermos. Es cierto que nosotros hacíamos tareas menores con respecto a las  que hacían nuestros padres, pero aun así trabajábamos mucho y muy duro. Y ver la sonrisa de to dos aquellos discapacitados y enfermos era más que emotivo. A la vez podía resultar un poco triste ya  que muchos de ellos eran pobres y también las enfermedades que padecían les impedían realizar actividades que nosotros hacemos a diario.

Durante tres días, ayudamos a chicos con parálisis cerebral, síndrome de Down y otras enfermedades; les hemos llevado a las celebraciones de la Misa y a las procesiones que se organizan durante la peregrinación. También hemos salido con ellos al pueblo,  y hemos colaborado en las Misas con los sacerdotes, poniéndonos a disposición de la organización del Santuario.

Cada día nos solíamos  levantar muy pronto. De vez en cuando teníamos que llevar a los  enfermos de un lugar a otro y para hacer eso se les llevaba en carros, unos carricoches con capota y  mantas por si hacía frío, de las que había que ir tirando. A veces resultaba un gran esfuerzo tener que tirar del carro ya que pesaban mucho. Este párrafo lo escribe directa mente Paddy: “En la peregrinación me pasó algo muy emotivo: estábamos saliendo de una Misa y,  mientras sacaban a los enfermos,  vi a una enfermera que tenía problemas para tirar de un carro y la ayudé. Nos fuimos a hacer un Via  Crucis y, antes de volver al hospital,  la mujer enferma en el carrito quiso pasar por la gruta. Como llevábamos el carro pudimos saltarnos toda la cola que había y entramos directamente en la gruta. Mientras  pasábamos la enferma lloraba —  yo no sabía por qué—. Seguimos el caminito mientras la mujer enferma tocaba la pared de la gruta. Al salir le pregunté por qué había estado llorando desconsoladamente. Me dijo que había estado llorando porque anteriormente había padecido una grave enfermedad y  haber llegado hasta Lourdes la había emocionado”.

El sábado hubo una fiesta para los enfermos. Para muchos de  ellos aquella peregrinación eran sus vacaciones y queríamos que se lo pasasen bien. La fiesta salió muy bien y todos nos divertimos mucho. El obispo de la Diócesis de  Bilbao, que también acudió a la  fiesta, contó unos chistes buenísimos y a Paddy le escribió una dedicatoria. En definitiva, esos días trabajamos mucho, echando una mano en todo lo que pudimos, siempre con ayuda de la Virgen, a la que nos encomendamos al inicio de cada día; pero, sobre todo, hemos  aprendido a valorar lo que tenemos y a ver a Dios en los demás. Hay muchas personas que viven una vida muy complicada, así que no hay que quejarse de las pequeñeces de nuestra vida ya que mucha gente vive una vida durísima, pero lo más increíble es que lo viven con alegría.  Tenemos muchas ganas de vol ver el año que viene con nuestros  amigos.

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