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Los “privilegiados” de 3º ESO

En este curso 2015/16 los alumnos de 3o de ESO hemos comenzado una nueva actividad de solidaridad en la Fundación Gil Gayarre. Esta fundación, como recoge en su página web, “nace en 1958 con el objeto de amparar y tutelar a las personas con discapacidad intelectual de todas las edades, promoviendo su educación, formación y desarrollo integral. Todo ello sin finalidad lucrativa”.

Tuvimos conocimiento de esta fundación y de sus fines el lunes 25 de enero, en el que un grupo de alumnos de la Fundación, acompañados por algunos de sus profesoras, impartió una conferencia a los alumnos de 3º y 4º ESO de Retamar en el Auditorio del Colegio.

A partir de ese día de enero hemos comenzado a realizar unas visitas al centro que esta Fundación tiene en Pozuelo de Alarcón. En estas visitas, que efectuamos los miércoles por la mañana, un grupo de ocho alumnos de 3º de ESO de Retamar compartimos con alumnos de la Fundación su tiempo de descanso conversando con ellos y realizando algunas actividades de deporte, propias de esos momentos de receso.

Considerando el poco tiempo transcurrido desde el inicio de esta actividad de solidaridad, hemos sido pocos los alumnos “afortunados” que ya la hemos podido realizar. Queremos recoger en este Retamatch algunas de nuestras impresiones.

 

“A las 11:15 de la mañana, un antiguo alumno de Retamar nos llevó a siete amigos y a mí a la fundación. Esperamos en un campo de fútbol y, a las 11:30, adolescentes de entre 12 y 20 años comenzaron a llegar. Les saludamos, y les invitamos a jugar con nosotros al fútbol; bueno, más bien nos invitaron ellos a nosotros, ¡que es su colegio! Me gustaría remarcar la amabilidad y alegría con la que estas personas nos acogieron en su centro, jugando con nosotros al fútbol y al baloncesto como si fuésemos sus mejores amigos; ¡unos grandes anfitriones!

Personalmente, agradezco a Retamar esta oportunidad que nos ha brindado; estos alumnos de la Fundación nos han dado un ejemplo de alegría y superación ante el sufrimiento.

Por ello, en este año de la misericordia, invito a todos los alumnos del Retamar, familiares y colaboradores a participar en actividades de ayuda a los más necesitados. Muchas gracias”.

Borja Montesino-Espartero (3º de ESO A)

 

“La pasada semana algunos privilegiados de 3º de la ESO pudimos acudir a pasar un rato junto con personas con discapacidad intelectual de la fundación Gil Gayarre. Digo privilegiados porque en todos estos eventos de tipo solidario y caritativo uno disfruta de la compañía de estas personas, que, a pesar de su discapacidad, ven y hacen ver toda situación de la vida con optimismo y alegría.

A priori puede parecer que son ellos los que necesitan de nuestra ayuda, como es natural, pero también nosotros -privilegiados- necesitamos de ellos para olvidarnos de nosotros mismos y centrarnos en los demás y de una manera especial en los más necesitados.

Me gustaría agradecer estas oportunidades que nos da el colegio de acudir a fundaciones tan buenas como esta, porque ahí es donde nos damos cuenta de todo lo que tenemos y de las gracias que tenemos que dar a Dios.

Como anécdota, me impactó de modo especial el ver que un muchacho con discapacidad que rondaba los doce años no se separaba de mí. En un momento dado le vi repetir muchas veces un gesto que yo había hecho al hablar. Esto me llevó a pensar en el notable ejemplo que damos en cada sitio al que acudimos, y lo mucho que alguien como este chico se puede fijar y tratar de aprender de nosotros”.

Santiago Herrero-Tejedor (3º de ESO D)

 

“Aunque nuestro objetivo era hacerles felices a ellos, nos dimos cuenta de que buscar su felicidad nos hacía felices a nosotros.

Agradecemos al Colegio esta oportunidad única que nos ha dado y agradecemos a Dios nuestra salud y nuestra capacidad de aprendizaje.

Nos lo pasamos especialmente bien con Alberto, Daniel y también con el resto de personas con las que estuvimos jugando al baloncesto.

Para terminar queremos manifestar que desearíamos vivamente poder repetir esta extraordinaria experiencia”.

Rafael Torre de Silva Valera, Domingo Prada Olivé y Jacobo Vila Recio

 

 

 

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Peregrinación al santuario de Lourdes

Por Patricio (Paddy) Satrústegui y Jacobo De la Calle  (2º ESO F)

 

El pasado jueves 17 de octubre, al finalizar las clases, mi padre y el padre de mi amigo Paddy, pasaron a recogernos para iniciar la  peregrinación al santuario de Lourdes —donde se dice que la Virgen  de Lourdes sana a los enfermos—,  acompañando a los enfermos de la Hospitalidad Vizcaina.

Nuestra primera parada fue en un pequeño pueblo a las afueras de Bilbao, donde cenamos, para dirigirnos rápida mente a la casa de Paddy a dormir, porque el día siguiente iba a ser  muy largo y tendríamos que levantarnos muy temprano.  A las cuatro y media de la mañana nos levantamos y después de  desayunar, nos dirigimos a casa de uno de los enfermos a los que íbamos a acompañar. Tras recoger a Kepa, un amigo de Paddy y su familia, que sufre parálisis cerebral,  pusimos rumbo a un colegio donde habíamos quedado con el resto  de camilleros y peregrinos. Cuando ya todos estaban en el punto de  encuentro, nos subimos a los autobuses e iniciamos nuestro viaje. Estábamos un poco nerviosos,  porque no sabíamos realmente lo que nos íbamos a encontrar.

Cuando llegamos al Santuario de Nuestra Señora de Lourdes, fuimos directos al hospital donde íbamos a alojar a los enfermos durante los siguientes días. Inmediatamente fuimos asignados a la  zona de niños y jóvenes. Paddy y yo, éramos los camilleros más jóvenes de la peregrinación, pero teníamos muchas ganas de ayudar.

Los hospitalarios más veteranos se  portaron muy bien con nosotros, y  continuamente nos enseñaban lo que teníamos que hacer y cómo podíamos ayudar a los enfermos. Es cierto que nosotros hacíamos tareas menores con respecto a las  que hacían nuestros padres, pero aun así trabajábamos mucho y muy duro. Y ver la sonrisa de to dos aquellos discapacitados y enfermos era más que emotivo. A la vez podía resultar un poco triste ya  que muchos de ellos eran pobres y también las enfermedades que padecían les impedían realizar actividades que nosotros hacemos a diario.

Durante tres días, ayudamos a chicos con parálisis cerebral, síndrome de Down y otras enfermedades; les hemos llevado a las celebraciones de la Misa y a las procesiones que se organizan durante la peregrinación. También hemos salido con ellos al pueblo,  y hemos colaborado en las Misas con los sacerdotes, poniéndonos a disposición de la organización del Santuario.

Cada día nos solíamos  levantar muy pronto. De vez en cuando teníamos que llevar a los  enfermos de un lugar a otro y para hacer eso se les llevaba en carros, unos carricoches con capota y  mantas por si hacía frío, de las que había que ir tirando. A veces resultaba un gran esfuerzo tener que tirar del carro ya que pesaban mucho. Este párrafo lo escribe directa mente Paddy: “En la peregrinación me pasó algo muy emotivo: estábamos saliendo de una Misa y,  mientras sacaban a los enfermos,  vi a una enfermera que tenía problemas para tirar de un carro y la ayudé. Nos fuimos a hacer un Via  Crucis y, antes de volver al hospital,  la mujer enferma en el carrito quiso pasar por la gruta. Como llevábamos el carro pudimos saltarnos toda la cola que había y entramos directamente en la gruta. Mientras  pasábamos la enferma lloraba —  yo no sabía por qué—. Seguimos el caminito mientras la mujer enferma tocaba la pared de la gruta. Al salir le pregunté por qué había estado llorando desconsoladamente. Me dijo que había estado llorando porque anteriormente había padecido una grave enfermedad y  haber llegado hasta Lourdes la había emocionado”.

El sábado hubo una fiesta para los enfermos. Para muchos de  ellos aquella peregrinación eran sus vacaciones y queríamos que se lo pasasen bien. La fiesta salió muy bien y todos nos divertimos mucho. El obispo de la Diócesis de  Bilbao, que también acudió a la  fiesta, contó unos chistes buenísimos y a Paddy le escribió una dedicatoria. En definitiva, esos días trabajamos mucho, echando una mano en todo lo que pudimos, siempre con ayuda de la Virgen, a la que nos encomendamos al inicio de cada día; pero, sobre todo, hemos  aprendido a valorar lo que tenemos y a ver a Dios en los demás. Hay muchas personas que viven una vida muy complicada, así que no hay que quejarse de las pequeñeces de nuestra vida ya que mucha gente vive una vida durísima, pero lo más increíble es que lo viven con alegría.  Tenemos muchas ganas de vol ver el año que viene con nuestros  amigos.

Hoy tú no eres el “prota”

Familia Romera Calaforra

 

Antes de entrar en Retamar, nuestro hijo estuvo en un colegio estupendo llamado Everest. Entre sus muchas buenas ideas estaba “la semana del protagonista”, en la que el niño en cuestión podía ir disfrazado al cole, llevaba fotos de su familia, de sus vacaciones, se    colocaba el primero de la fila, ayudaba a repartir la merienda, etc. En definitiva, era “El prota”.

Me sorprendo a mí mismo cuando analizo cuántas veces -sin que sea de un modo tan oficial y tan sonado- seguimos haciendo a nuestros hijos “protas” de nuestros días, de nuestro fin de semana, de los planes, de las vacaciones… Como me ocurre con tantas otras cosas, ya no sé si eso es bueno o todo lo contrario, y por ese motivo no lo voy a adjetivar. Diré simplemente que tiene ventajas, pero también inconvenientes.

Hay una mañana cada mes y medio aproximadamente (¡ya ves tú!) en la que participamos en el “voluntariado familiar” y en la que oficialmente se les dice: “Hoy, hijo, tú no eres el prota”. Hoy, si te aburres, no es importante, porque lo importante hoy es que fulanito o menganita se lo pase rebien. Si esta mañana no te hacemos tanto caso, tendrás que aguantarte. Si no te doy la mano es porque la tengo ocupada con la mano de una niña que obedece más a las caricias que a las palabras, a un niño que se ríe más si le hago “cosquis” que si le cuento un chiste. O simplemente porque estoy tan sumamente concentrado que te oigo pero no te escucho en absoluto. Yo, que nunca he sabido hacer dos cosas bien a la vez, resulta que ahora estoy pendiente de las reacciones de un niño que no tengo claro si se entera de que estoy ahí  con él o no. Porque si cada niño es un mundo, en esto del voluntariado familiar la frase adquiere un sentido amplio donde los haya.

Luego la cosa evoluciona y ya puedo estar pendiente de más cosas. De cómo le coges tú de la mano porque está “helao”. O de cómo le soplas flojito para que se le seque el sudor de la frente después del partidazo que hemos echado. O de cómo le miras, flipado por completo, intentando entender “no sé qué”, y acto seguido te levantas y le haces una caricia sin venir muy a cuento. Vamos, que sin querer, vuelvo a estar pendiente de vosotros y eso que hoy, como os hemos repetido mil veces, no sois “los protas”.

Hemos pasado de un voluntariado a secas como hacíamos de jóvenes a un “voluntariado familiar” (me encanta el adjetivo). Hemos construido una actividad familiar que esta vez    no es un plan pensado para vosotros, aunque creo que en gran medida también lo es. La actividad del voluntariado familiar es así. Como decía mi abuela, “se juntan las hambres y las ganas de comer”. Dicho en fino, se aúnan las buenas ideas (ahora sí las califico de buenas) con una organización muy bien pensada que ha conseguido dar forma a un proyecto en el que, como poco, intervienen tres ideas fundamentales. Dos te las explican detalladamente en la charla de iniciación. La tercera ya te la he adelantado en los    párrafos anteriores, pero volveré a ella al final.

El primer objetivo es que los niños disminuidos psíquicos cambien de aires, se diviertan con otros niños de su edad y que pasen un día distinto, fuera de las rutinas habituales.    Que se rían, que se diviertan (en algunos casos es difícil afirmarlo, pero en la gran mayoría de los niños, la deficiencia es leve y no les impide ser tremendamente expresivos).

El segundo objetivo que te explican es el del “respiro familiar”. Porque hay casos en los que la atención que requieren los niños es intensa y continuada. Es muchísima atención y aunque nadie se queje, debe ser agotador. Os pongo un ejemplo. En una ocasión, sacamos    a un niño autista de unos 10 años y fue la primera vez que su madre se separó de él. (¿Impresionante, verdad?). ¿Sabéis para qué aprovechó la cobertura? Pues para ir a hacer la compra sola (bueno, sola con su otra nieta). A la vuelta, ya al despedirnos incluso nos preguntó si tenía que pagarnos algo. Le dijimos que con 50€ quedábamos en paz (¡¡que noooo, que es broma!! Es que parece que os veía leyendo con cara melancólica y no se    trata de eso sino de animaros). Perdonadme la broma, pero quedaros por favor con la pregunta para que veáis hasta qué punto un descanso de una mañana puede ser algo extraordinario en algunas familias.

El tercer ingrediente que interviene en esta actividad no te lo explican en la charla, pero para eso estoy yo escribiendo esto, ¿no?. Se trata de un intangible para nuestras familias y que no tengo ningún pudor en reconocer que también ha pesado en la decisión de comenzar el voluntariado familiar. Educar en la generosidad. Compartiendo el tiempo, los planes, el protagonismo y de una forma u otra darse a los demás. Nuestros hijos, todos y de acuerdo a su edad, participan de una actividad en la que toda la familia está involucrada.

Permitidme  aquí deciros que conocí a una colega voluntaria en su carrito de bebé y que ahora nos acompaña con sus dos añitos cumplidos (¡menudo ejemplo de familia!). Como decía, nuestros hijos lo viven, no se lo  contamos. Descubren que existen estados de salud distintos a los suyos, otras zonas de Madrid por las que no pasamos habitualmente, barrios con otros colores, casas diferentes a la tuya, a la mía, a la del último cumpleaños al que le llevamos. Sobre todo, aprenden sin darse cuenta a convivir con los chicos. A reducir esa distancia que crea la ignorancia, a normalizar esas reacciones instintivas que sólo con el    trato conseguimos incorporar en nuestras conductas. Dudo mucho que a alguno de nuestros niños del voluntariado se le ocurra usar la palabra subnormal como insulto, hacer muecas de cualquier niño con una deficiencia, retirarse cuando algún niño se acerca a darles un abrazo, hacer un mal gesto cuando les den un beso con más o menos babas, mirarles por encima del hombro, etc. Pongo mi mano en el fuego que no lo harán, y estas cosas son realmente importantes, son tremendamente valiosas en cual  quier educación que quiera considerarse completa, integral o como se quiera llamar.

Nuestros hijos son pequeños. Van a donde les llevamos y de momento no pueden conocer por sí mismos ciertas cosas si no se las mostramos, mejor aún, si no las vivimos con ellos. En fin, paradme que me embalo yo solo. Es una oportunidad excelente para que ellos (y nosotros) se planteen temas de un modo verdaderamente profundo (te sorprenderán sus preguntas). Un momento para transmitirnos sus dudas y, cómo no, una oportunidad de oro que nos dan para enseñarles a ensanchar el corazón con nuestras respuestas. No me cabe la menor duda de que lo hacen. Mi cuñado viene acompañándonos estas últimas salidas y a pesar de no tener niños, le resulta evidente la combinación de estos tres ingredientes de los que te he hablado. Para su caso, como para nuestros hijos universitarios, la ONG    (Desarrollo y Asistencia) tiene otros programas específicos con jóvenes de su edad, ya sin la familia detrás y con actividades más adaptadas tanto a los niños disminuidos como a ellos mismos. Planes de ir a la bolera, al retiro, visitas en hospitales, residencias, etc.

Volviendo al “voluntariado familiar”, me pregunto si con más familias como vosotros se podría  ampliar el círculo de colegios, asociaciones, entidades, familias que se benefician (que nos beneficiamos) de esta iniciativa tan bien ideada. En fin, que termino ya con la    misma intención de no adjetivar con bueno o malo, pero esta vez me voy a permitir al menos “cuantificar”. Diciéndote que, en resumen, esta actividad del voluntariado familiar tiene muchísimas más ventajas que inconvenientes y que por eso yo te animo sinceramente a que lo emprendas.

Familias solidarias

En el 2012 nos pareció bien colaborar con el voluntariado familiar que organiza Retamar para ayudar a niños discapacitados y a sus familias. Con nuestros tres pequeños a cuestas (Jesús tenía 11  años cuando empezamos, Javi 6 y  Pablo 5) íbamos a buscar al niño que correspondiera, que casi siempre era el mismo, con el fin de acostumbrarnos tanto nosotros a él  y como él a sus nuevos amigos.

Aunque preparábamos a  nuestros hijos antes y lo recordábamos por el camino, siempre  surgían comentarios de asombro: “¡Mamá, que no sabe hablar!, ¡se le escapa la baba!, ¡me ha pegado!”. “Oye, Pablo, en realidad no te pega, sino que de lo contento que está de salir contigo a jugar lo expresa dándote golpecitos  porque no sabe hablar”, a lo que  se queda más tranquilo y responde: “Ah, bueno”.

Van conociendo sus dificultades y se acostumbran a tratar con niños diferentes. Disfrutan llevando las sillas de ruedas, a  veces hasta jugaban a una especie  de “Mario Car” entre dos sillas, pasándoselo pipa los niños que iban en ellas. Juegan con ellos a actividades sencillas y adaptadas para que esos niños participen, les limpian y atienden en el baño, les terminan entendiendo y traduciendo a sus padres lo que dicen.

A pesar de que en sábado algunos de nuestros hijos están apuntados a actividades deportivas, no les importaba dejarlas alguna vez al  trimestre. Ya que no es tanta la dedicación que se nos pide en este tipo de voluntariado. No solo es un tiempo dedicado a cuidar a esos niños, sino que nos lo pasamos bien en familia, con los amigos que vamos e incluso con el resto de primos Nistal, que también están apuntados.

Familia Nistal Piqueras

Las jornadas del voluntariado familiar son un  medio fantástico de educar a los hijos y de  reeducarnos a nosotros como padres. No solo compartes tu tiempo libre con familias que lo necesitan, sino que son ellos, los niños con discapacidades y sus padres los que nos ayudan a oxigenarnos de este mundo consumista y egoísta. Uno se da cuenta de cuánta gente buena hay. Por eso animamos a las familias del colegio a compartir su tiempo con estas familias que siempre nos reciben con los brazos abiertos.

Familia Mateos Solano

 

Los que no dejan resquicio a un corazón templado

Por Felipe Heredero y Pablo Ruiz-Tagle (3ºESO)

El día que me dijeron en clase que me tocaba ir a la residencia para personas dependientes “San Carlos”, residencia donde viven personas invidentes y con un poco de retraso mental, me produjo un leve temor, a la vez que cierta curiosidad por la oportunidad que se nos brindaba de ser caritativos con estas personas.

Antes de llegar, en la furgoneta, mi única preocupación era salir de allí cuanto antes, pero nada más llegar y bajarme, pensé: ¿y si hubiese sido uno de mis hermanos al que le hubiese pasado esto? Así que entré con decisión y me dispuse a tratar a estas personas como si fueran muy cercanas a mí. A algunos compañeros, el primer contacto, les supuso incluso más impresión si cabe. He oído que hay quien llega incluso a bloquearse.

Tengo que reconocer, que al principio, las canciones y las actividades, no nos salieron con naturalidad, pero esta gente no deja resquicio a un corazón templado y comprobé que eran muy agradecidos por el más mínimo detalle que les ofreciésemos. Entonces es cuando esa duda inicial se pierde y da paso a un sentimiento de humanidad que te permite vislumbrar lo dura que puede llegar a ser la vida de cada una de estas personas.

Según fue transcurriendo la mañana me sentía más a gusto en aquel lugar, además el rostro de estas personas siempre dibujaba una sonrisa agradecida que nos reconfortaba. Nunca pensé que jugar al dominó, tocar el xilófono y cantar canciones como la de don Pepito fuera tan divertido. Todo tomaba un nuevo sentido, dejé de pensar en las clases que iba a perder, para vivir el momento con ellos.

Entonces, me sentí afortunado, pero sobre todo, lo que más me gustó fue pensar en el bien que había hecho con un simple gesto que por insignificante que fuese me llenaba de alegría y de ganas por ser mejor persona. No me hubiese importado quedarme todo el día con aquellas gentes tan maravillosas y especiales, pero por desgracia después había clase de Lengua y había que regresar…

El día que empezó siendo un viernes cualquiera, acabó como uno de los más especiales de mi vida, un día que nunca olvidaré…

Es increíble como esta experiencia te cambia por dentro y por fuera. Todas esas pequeñeces que tan injustas te parecían, todas tus penas y sufrimientos, por muy gran-
des que sean, se desvanecen al pensar en estas personas, que sufren el triple en su día a día. Ahora mismo, reflexionando sobre esta asombrosa experiencia, me doy cuenta de cómo nos cambian estas personas a las que deberíamos tener como ejemplo.

Nuestro amigo Adrián

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En una entrada anterior ya explicamos el caso de nuestro amigo Adrián, y como los alumnos de los Ciclos de FP hemos hecho las pasadas navidades una colecta para ayudarle a adaptar su furgoneta.

El miércoles 26 de febrero de 2014, una comisión encabezada por el pro­fesor D. Ciro Medina y los alum­nos Marcos Soriano y Alonso Pita da Veiga, viajaron hasta la casa de Adrián en Corral de Almaguer (Toledo), para conocerle y hacer­le entrega personalmente de la re­caudación realizada entre los alumnos de los Ciclos de FP.

Al llegar, Adrián nos recibió en su casa con una sonrisa y la timidez propia de un niño de su edad, ha­ciendo uso de unas prótesis especia­les para sus extremidades inferiores. Muy pronto conectó con nosotros y nos demostró que, a pesar de su discapacidad, es un niño muy in­quieto, activo y alegre. Pidió a su madre que le retirara las prótesis y le pusieron un pantalón especial. A partir de aquí Adrián se desenvolvió por la sala con gran soltura de movi­miento y una coordinación que nos sorprendió. Su mascota, un perrito llamado Dumbo, le acompañaba y “soportaba” con complicidad todas sus muestras de afecto.

Nos mostró su espíritu infantil sacándonos juguetes, entre ellos una moto sobre la cual nos hizo demostraciones de gran equili­brio y coordinación. Su madre, Ro­sa, y su tío Paco, que fue nuestro guía desde Madrid hasta su casa, nos contaron toda la historia de Adrián, las diversas operaciones que ha soportado, las dificultades de desplazamiento en una casa de dos plantas, que ha ido supe­rando gracias a la ayuda desinte­resada de instituciones, empresas y particulares. Concretamente, una empresa le regaló un sistema de salva escaleras.

También nos contó que es ami­go de personalidades como la In­fanta Dña. Elena y la periodista Irene Villa, muy identificada con él por su falta de extremidades inferio­res a consecuencia de un atentado.

Adrian nos agradeció la visi­ta dedicándonos un dibujo para el Colegio, que realizó con trazos muy precisos, juntando los dos mu­ñoncitos de sus recortados brazos. Como podéis ver debajo de estas líneas, dibujó un paisaje muy boni­to alumbrado por un sol sonriente. Posteriormente lo coloreó con una precisión asombrosa, sin salirse de los contornos, y le puso una frase de agradecimiento.

El tiempo que estuvimos en ca­sa de Adrián pasó muy rápido, te­níamos que volver a Retamar, pues teníamos clase por la tarde. Nues­tra partida fue el único momento en que notamos que Adrian se pu­so un poco triste. Para nosotros fue una experiencia muy emotiva que nos replantea muchos las nimieda­des de las cuales solemos quejar­nos. Estábamos ante una personita que nos daba una lección de áni­mo y de superación.

Adrián nos ha invitado a que volvamos a visitarle cuando quera­mos, que vayamos con más alum­nos, y que inclusive nos hará una barbacoa si vamos un fin de sema­na con más tiempo. Adrián, ten por seguro que iremos.

Marcos Soriano y Alonso Pita da Veiga, Alumnos de los Ciclos de FP

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Más que educativa para los hijos y gratificante para todos

DYA

Cuando en ma­yo de 2013 nos dijeron en la Fundación Desarrollo y Asisten­cia que nos iban a agradecer “nuestra ge­nerosa dedicación”, al llevar cinco años como volunta­rios, nuestro pensamiento fue que en realidad los que estábamos enormemente agra­decidos éramos no­sotros.

Muy agradecidos a la Fundación DyA por darnos la oportu­nidad de realizar una labor de voluntaria­do junto a nuestros hijos, más que educativa para ellos y gratificante para todos.

Y agradecidísimos a Gisela, a Laura, a Sergio, a John, a Miguel Ángel, y a todos los demás niños con los que compartimos unas po­cas horas las mañanas de algunos sábados.

Todos ellos son niños especiales con alguna discapacidad y vienen de familias con muy pocos recur­sos. ¡Pero la de cosas que nos han enseñado tanto a nuestros hijos co­mo a nosotros! Y los grandes ratos y enriquecedoras experiencias que hemos pasado con ellos.

Y dignas de admirar sus fami­lias, que con tanta dedicación y entrega cuidan de estos niños, en medio de tantas dificultades. Siem­pre nos maravilla lo sonrientes y cariñosos que son cuando llega­mos a su casa a recoger al niño o cuando lo devolvemos.

Familia Díaz de Rábago Pemán