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Visitar con la familia a una persona sola

Muchas veces no nos acordamos de las personas mayores que tanto bien han hecho por la sociedad y que ahora pueden sentirse muy solas y olvidadas. Por eso una actividad solidaria muy interesante es ir a visitar y acompañar un rato a esas personas.

En Navidad acompañé a mi madre, junto con mis hermanos, a visitar a Josefina. Tiene 94 años y no tiene familia. Creo que ella lo pasó muy bien contándonos repetidamente anécdotas de su infancia, porque lo que más necesitan estas personas es un rato de compañía y alguien que les escuche.

Para nosotros fue muy gratificante el ver que con tan poquito esfuerzo habíamos hecho feliz esa mañana a Josefina. Ella es una persona muy generosa, que siempre ha estado pendiente de los que le rodean y eso es un buen ejemplo para nosotros. Detrás de estas personas mayores que viven solas y olvidadas hay toda una vida y pueden enseñarnos muchas cosas.

Además nos sirvió para abrir los ojos y ver la realidad y los problemas que viven personas que tenemos cerca y, normalmente, a nuestra edad no somos conscientes de ello.

Javier e Íñigo Díaz de Rábago (2º D Y 2º E ESO)

 

 

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Las visitas a la residencia Casablanca

Una de las actividades de solidaridad que hacemos en Retamar, todos los viernes, consiste en que ocho alumnos de 2º de E.S.O. vamos a una residencia de ancianos, para hacer, voluntariamente, una actividad en la que pasamos un buen rato con esas personas.

A nosotros nos entusiasma ir, pero cuando ves las caras de emoción de los ancianos por ver a jóvenes haciéndoles pasar buen rato, la sensación se convierte en increíble. Primero los saludamos y les damos un poco de conversación para conocerlos un poco. Algunos de ellos nos cuentan lo que hicieron de jóvenes, su profesión, su infancia… mientras nos han asignado a los alumnos a una mesa cada uno. Después ayudamos a organizar la actividad programada para ese día; dependiendo de esto se juega al bingo, se dibuja…

Durante la actividad se les ayuda: si es el bingo, les decimos algunos números que se les escapan. Mientras, nos preguntan sobre dónde vivimos, en qué colegio estudiamos, qué curso hacemos, si no estaríamos mejor en el colegio… A esto último nosotros les respondemos que no, que nos gusta ir a verles y así salimos del colegio un rato.

A nosotros nos encanta ir pero lo más chulo no es jugar al bingo ni dibujar, es estar con estas personas haciéndoles pasar un buen rato a ellos. También nosotros les hacemos preguntas, pero con más cuidado, como qué actividades hacen en la residencia y cuáles hacían de jóvenes. A los señores les preguntamos si les gusta el fútbol y de qué equipo son, a las mujeres si tienen nietos o si les gusta coser.

Miguel Gómez Martín-Crespo

 

Hace un par de semanas fui con unos compañeros a una residencia de mayores. La verdad es que al principio tenía un poco de miedo ya que nunca había estado en un lugar así, con personas mayores.

Cuando llegamos, alguien nos dijo que ayudáramos a varias personas a jugar al bingo. A mí me tocó estar con cuatro señoras que apenas podían hablar; una de ellas ni siquiera podía ver bien las fichas. Al empezar el juego no sabían dónde colocar las fichas, así que las ayudé. Al final, una de ellas ganó y me dio las gracias efusivamente.

Ayudar a las personas mayores te hace madurar y ser mejor persona, además de pasártelo bien.

Emilio Castro de Navasqüés

 

Yo también he ido a la residencia de ancianos. Allí encontramos mucha gente mayor y decidimos jugar al bingo con ellos. César y yo nos ofrecimos a ser los que “cantaban” los números y nos sentamos junto a una señora muy simpática que ganó dos veces seguidas.

Al finalizar nuestra actividad solidaria me sentí muy bien ya que ayudé a personas débiles a pasar  unos momentos felices y distraídos y me complace ser solidario con los demás.

Jaime Perán Montes-Jovellar

 

Cuando llegamos encontramos a unas señoras ancianas, muy simpáticas a las que saludamos en la entrada. Una vez dentro vimos unos cuantos residentes repartidos entre varias mesas; estaban esperando que llegáramos para jugar al bingo. Éramos ocho y dos se encargaban de dar al bombo para ver qué números salían; el resto estábamos repartidos por las mesas, ayudando a algunos ancianos.

Yo estuve con dos señoras y un hombre que estaban un poco lejos y les tenía que repetir los números para que oyeran bien. No ganaron nada pero fue una satisfacción hacer las cosas bien para que aquellas personas pasaran un rato agradable.

Santiago Pérez de Ascanio Fernández de Mesa

 

En la visita a la residencia de ancianos, a mí me tocó ayudar a una señora muy maja llamada María; sonreía todo el rato y eso me animaba mucho. Yo había ido allí con algunas reservas, pero aquella señora y todos, en general, me animaron y reconozco que lo pasé muy bien riéndome con algunos compañeros —Gonzalo Chiva y Andrés Sánchez de Ágreda—, que tenían que “cantar” los números del bingo… ¡33! ¡3! ¡3!

Me despedí de ellos con pena, pues me habían caído muy bien; me encantaría volver pronto otra vez.

Tomás Montilla García

 

En esta experiencia he crecido tanto moral como espiritualmente, porque me ha hecho ver los problemas de otras personas cuando a nuestra edad estamos pensando, casi siempre, en nosotros mismos y solo en nosotros mismos, sin tener en cuenta que otras personas lo están pasando mal y que hay que ocuparse de ellas. Hay muchas personas que viven abandonadas por sus hijos.

Yo siempre he pensado que,por muchas presiones y responsabilidades que tengamos, lo más importante es cuidar y ocuparse de la familia.

Fernando Alfaro Alonso-Lamberti

 

Un día fuimos a una residencia a visitar a unos ancianos que tenían algunos problemas de salud. Jugamos al bingo con ellos y les ayudamos a entretenerse todo el tiempo.

Me reconfortó mucho haber contribuido en esta actividad. En mi anterior colegio no hacíamos actividades como esta.

La verdad es que dieron un poco de pena algunas de estas personas y sentí que tenemos una gran necesidad de ayudar a las personas mayores pues cuando nosotros seamos ancianos también querremos que nos ayuden. Si tú ahora te preocupas por tus hijos, normalmente, tus hijos se preocuparán por ti. Por eso hay que ayudar a los demás, ya que te lo recompensarán ayudándote cuando lo necesites.

Creo que estas actividades resultan muy útiles.

Adrián de la Orden Andrino

Ir a una residencia de ancianos

Me ha parecido una experiencia muy buena porque te das cuenta de que esas personas mayores te tratan como si fueras su nieto. Por ejemplo, a mí una anciana muy simpática me dijo que teníamos muy buenos modales y, además, me contó toda su vida, en qué trabajó, sus hijos, …. como si yo fuera  unos de sus nietos.

Con los ancianos jugamos al bingo, donde me pareció sorprendente que una señora, al cantar yo los números, me dijera que era listísimo porque me sabía los números. Ahora me doy cuenta de la suerte que tengo por ir a un colegio en que te enseñan a contar, porque posiblemente a esa anciana no le habían enseñado los números.

Al irnos también me ha sorprendido que una de ellas se ha puesto a llorar porque nos íbamos.

Domingo Prada Olivé  (2º ESO B)  

El otro día fui a la residencia Casa Blanca con otros 7 compañeros  de clase para acompañar un rato a las personas mayores que viven allí.

Salimos por la mañana en furgoneta y llegamos ahí en poco tiempo, ya que la residencia está cerca, en Pozuelo. Al llegar nos presentaron a todos los residentes. Hablamos un rato con ellos, como una media hora. Nos contaron su vida,  lo que aún les gustaría poder ha cer… Se notaba en sus rostros la sonrisa por estar acompañado y me di cuenta de que, con algo tan simple, les podíamos hacer muy felices, aunque fuera un rato.

Finalmente jugamos al bingo. Algunos de mis compañeros cantaron los números y minutos después  se oía “¡bingo!” y se comprobaba si eran correctos los números. Esta experiencia, como muchas otras, me ayuda a ser generoso con mi tiempo y a acompañar a  personas a las que nadie ve y que se sienten muy solas.

Rafael González de Canales  (2º ESO E)

Un grupo de alumnos de 2º E de ESO nos fuimos a un residencia  llamada “Casa Blanca”. Fuimos por voluntad propia, con el consentimiento de nuestros padres, sabiendo que después tendríamos que recuperar las clases perdidas.

El asunto consiste en acompañar un par de horas a personas mayores y pasar el tiempo dándoles conversación y organizándoles un poco algunos juegos de mesa. Algunas de estas personas pueden  parecer un tanto infantiles, pues parte de ellos sufren problemas  mentales. Ahora recuerdo especialmente a una señora que era sorda y a otra que lloraba sin parar. Durante un rato, yo me senté enfrente de una señora que tenía otro problema: no paraba de hablar y articular cosas sin sentido.

Después jugamos al bingo; ahí teníamos que ayudarles a colocar las fichas, a moverlas…  Unas cuantas de estas personas están recluidos allí, casi “aparcados”, sin apenas recibir visitas;  por ese motivo vamos allí nosotros,  para cambiarles un poco el día.  A cambio nosotros aprendemos a tratar mejor a los demás.

Pelayo López Medel Marina  (2º ESO D)

El poder de los ancianos

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Laguna es un centro de día pa­ra personas mayores. Es un sitio muy impactante donde aprendes muchas cosas sobre la vida. Una de las cosas que tuve la oportuni­dad de sacar fue esta idea: “el po­der de los ancianos es muy fuerte”. Explicaré por qué esta frase es completamente cierta.

Lo primero que te ense­ñan los ancianos es a tener paciencia, porque algunos ya están mal de la cabeza y ha­cen y dicen lo que quieren. Un ejemplo de esto que ob­servé en mi estancia allí fue que estaba hablando un an­ciano sobre seguros y sobre la bolsa (sus únicos temas de conversación) y otro se po­nía a cantar, y solo se callaba cuando el primero lo hacía.

Otra virtud que te ayudan a fomentar es la de saber es­cuchar. Esta virtud se puede fomentar sin irse tan lejos, con algún familiar: dile que te cuente y tú solo escucha. Es algo muy gratificante. Lo expe­rimenté con el mismo anciano de la bolsa y los seguros, y sin comer­lo de ni beberlo aprendí algo so­bre cómo estar al frente de una empresa.

Por último, fomenta la pérdida de la vergüenza. Cuando vas ahí tienes que cruzar una puerta cerra­da con código pues algunos ancia­nos se pueden escapar. Entras en una habitación donde hay perso­nas esperándote y se podría decir que “te sueltan a los leones”. Uno tiene que ser capaz de perder su vergüenza y ponerte a darles con­versación e incluso cantar, como yo tuve que hacer.

En conclusión, recomiendo fer­vientemente ir a esta actividad so­lidaria porque no solo ayudas a los demás sino a ti mismo. Da igual que seas alto, bajo, feo, guapo… Puede ir todo el que quiera ayudar y ayudarse, porque el poder de los ancianos es muy fuerte, no lo sub­estimes.

Luis Maldonado, 2º Bachillerato E

Cuando decidí ir a Laguna, gra­cias a la insistencia de un amigo, me propuse transmitir la mayor feli­cidad a las personas que me encon­trara en esa clínica. Pero al entrar, me quedé bastante asombrado por la expresión de felicidad que ha­bía en los ojos cristalinos de aque­llas personas. Parecía que era el día más feliz de sus vidas. A medida que avanzaba el día y me senta­ba con cada uno de ellos para que me contaran sus vidas, me daba cuenta de lo felices que se encon­traban con lo poco que les queda­ba. Al despedirnos me abrazaban y me decían adiós, y yo contesta­ba “¡Os veo el viernes que viene!”, aun sabiendo que lo más probable es que la próxima vez que fuera no me encontrara a los mismos.

Esta experiencia me ha ense­ñado cómo las personas valoran el cariño que vas a ofrecerles, y sobre todo que una pequeñísima parte de mi tiempo puede significar mu­chísimo para gente que sabe valo­rarlo. Por esto os animo a ir a esta actividad, no ya por todo lo que podéis aportar, sino por lo que os va a aportar a todos vosotros y por todo el bien que puedes llegar a hacer.

Borja Ocejo, 2º Bachillerato E

Cuando el PEC nos propuso ir a Laguna los viernes de 3 a 5, no du­dé en apuntarme. Pero, a medida que iba explicando qué es lo que haríamos allí, pensaba en qué po­día servirle yo de ayuda a un ancia­no en un centro de día.

Llegamos a Laguna, y nos di­vidieron en dos grupos a los siete alumnos y dos profesores que íba­mos. A cada grupo le correspon­dían unos 7 ancianos, a los que tenía que intentar hacer pasar un rato agradable. Tras presentarnos todos y hablar sobre temas diver­sos, uno de ellos nos dijo que can­taba muy bien y que nos quería cantar. Como es normal, le dijimos que queríamos oírle. Pero lejos de quedarnos a escuchar, decidimos unirnos y acabamos todos cantan­do míticas canciones como «Mi ca­rro me lo robaron» o «Que viva, España».Aunque esto fuese solo una anécdota, refleja perfectamen­te cómo, además de hacer pasar un rato agradable a estos ancianos, también disfrutamos nosotros.

La sensación al salir de la acti­vidad era de gran satisfacción. Re­comiendo vivamente a todos los alumnos de 2º de Bachillerato que se animen a ir.

Pablo Tavira, 2º Bachillerato A

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Visita al Hospital de cuidados paliativos Laguna

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El pasado viernes 4 de octubre fuimos cinco compañeros a ayu­dar a las enfermeras y, sobre todo, a que los enfermos ingresados en este hospital pasasen un rato agra­dable. Como fue nuestra primera vez, estuvimos con los que estaban en mejor estado.

Me acuerdo de estar hablan­do con una señora que padecía la “enfermedad de los huesos de cris­tal”. Era el cumpleaños de su sobri­no ese día al cual iba a asistir. Sin embargo, como temía caerse al suelo mientras bailaba, me contó que se iba a quedar toda la fiesta sentada. Esto a ella no le importa­ba, se aferraba al buen momento que iba a pasar y la alegría que le producía el poder ver cómo su so­brino cumplía años.

Esta señora me enseñó que hay que olvidarse de uno mismo, pase lo que te pase, y disfrutar de cada momento.

Gonzalo Maortua,  2º Bachillerato A

 El otro día tuvimos la maravi­llosa oportunidad de visitar a unos ancianos que son tratados en el centro Laguna. Este breve texto quiero que sea un testimonio de lo que vivimos aquella tarde un gru­po de amigos que nos apuntamos a la actividad solidaria.

A nuestra llegada don Luis Fra­gío y don Pedro Marcos nos avisa­ron: ‘No dejéis las puertas abiertas, se intentarán escapar’’. Nosotros nos lo tomamos a broma sin saber lo que nos esperaba. Más allá de la difícil situación que viven nues­tros queridos ancianos, optamos por sacar la parte más cómica de nosotros mismos.

Al principio, lo típico, cómo está usted, tiene usted hijos, etc. A par­tir de ese momento creímos conve­niente mostrar nuestras cualidades musicales tan poco apreciadas por el coro de Retamar. Para remontar­nos al estilo de música de su época, comenzamos a cantar canciones del difunto Manolo Escobar segui­do de canciones típicas de ciertas regiones españolas. Los hubo que llegaron a unirse a nuestros “celes­tiales” cantos. Y no hubo ninguno al que no sacáramos una sonrisa.

Todo ello hizo para nosotros una muy divertida tarde en la que pudimos compartir el tiempo con ancianos que lo único que necesi­tan es una sonrisa para hacer su vi­da más amena y llevadera.

Javier López Garayalde, 2º Bachillerato A

 Había sido una semana dura de trabajo; era viernes a las 15 h. Ca­si todos mis compañeros se iban a casa a comer y a dormir la siesta para estar “al máximo” esa noche, en la que seguramente todos sal­dríamos.

Sin embargo tomé la decisión de disfrutar la comida escolar de los viernes, y después, junto a unos pocos amigos, pasar la tarde con unos ancianos en la Residencia La­guna.

“Vaya, mientras yo hago com­pañía a unos viejos aburridos, ellos están descansando. Debería ha­berme ido”, pensé.

Al llegar a casa, después de haber estado con aquellas perso­nas, me di cuenta de lo equivoca­do que estaba. Recordé la alegría de las enfermeras y la de aquellos ancianos y sentí lástima por aque­llos amigos que no pudieron ex­perimentar la sensación de haber hecho felices a personas ajenas a nuestra vida cotidiana con tan so­lo una visita.

Jacobo Jiménez-Poyato, 2º Bachillerato D

 Me han pedido que escriba unas líneas sobre mi experiencia en el centro Laguna, una actividad de solidaridad organizada por el Colegio. La verdad es que me han puesto en un aprieto, pues no se me da muy bien escribir. Así que contaré mi propia experiencia.

Fui a Laguna por un impulso que tuve cuando lo propusieron. Dije que iba, así, de repente, y claro, cuando me di cuenta al día siguiente, ya tenía que ir sí o sí. Total, lle­gué al centro y fui recibido co­mo un héroe más que como un alumno. Pu­de ver la ale­gría de aquellas personas al ver­nos. Bueno, en aquel momento no me di cuen­ta, yo iba a lo que iba, dar conversación a alguna persona de por allí.

Me tocó ha­blar con Anto­nio, un jubilado que había traba­jado en “General Electric” toda su vida. Me estuvo contando anécdo­tas de aquella época, y estuvimos comparando la vida del siglo pasa­do con la de hoy en día, lo cual fue muy constructivo. Cuando se tuvo que ir, nos despedimos y me dio las gracias. Yo no le di mucha importancia a eso, y cuando fui a hablar con el siguiente, me dijeron que ya era la hora y que nos íba­mos. Se me hizo raro pensar que había estado hablando más de una hora y media con una perso­na desconocida que me cuadrupli­caba la edad.

Ahora me doy cuenta del va­lor de esas “gracias” que me dio Antonio, o de ese recibimiento in­merecido que nos dieron cuando llegamos. Aquello, que para mí era una cosa simple, para ellos era un mundo.

Un pequeño cambio que hagas en tu rutina tendrá un gran signi­ficado para otros. Por eso os ani­mo a aprovechar esta oportunidad pues no se le alegra el día a al­guien tan fácilmente como a estas personas.

Jaime Machado, 2º Bachillerato D

¿Qué pinto yo aquí?

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Era un viernes corriente del mes de marzo, un día más de la sema­na. Me propusieron visitar una re­sidencia de ancianos, y allí me planté, con varios compañeros de clase y algún profesor.

Cuando llegué a la casa, pensé: ¿Qué pinto yo aquí?. Y nada más pasar a la sala donde acompañá­bamos a los ancianos, me di cuen­ta. Estaba haciendo feliz a una persona mayor. Me “tocó” una mujer de 70 años, que sufría Al­zhéimer. Esta señora no tenía fami­lia que le acompañara, más que una hija que vivía en otra ciudad.

La mujer era muy simpática, se llamaba María y vivía en La Cas­tellana, pero la pobre mujer iba todos los días a la casa de los an­cianos para tener compañía y aguantar como podía su enferme­dad.

Además de hacer compañía a María, pasé un buen rato con otra mujer que no escuchaba, por tan­to nunca pude saber su nombre, pero le pegaba todo que se llama­ra Paquita.

Borja Díaz-Guardamino, 1º ESO E

Hemos tenido la suerte de visi­tar una residencia de ancianos, a los que hemos “ayudado” en me­dida de nuestras posibilidades. Les ayudamos a hacer sus deberes, aunque para nosotros eran tareas chupadas que hicimos cuando es­tábamos en infantil. Nos dio igual, lo hicimos por ayudarles.

Nos lo pasamos muy bien, ya que los comentarios que hacían eran divertidísimos. Nos chocó tanto su situación, que volvimos en el co­che con la música apagada, mien­tras que a la ida, aprovechamos el viaje para preparar nuestro propio concierto sobre ruedas. Volvimos al colegio hablando de las cosas diver­tidas que nos habían pasado; unos nos habíamos hecho expertos en ja­món, otros conocieron antiguas actri­ces, ingenieros o pintores retirados. Pero sobre todo, no pudimos decir nada malo, todo fue fantástico.

Por todo ello, quiero dar las gracias por la gran aventura que pasamos.

Jaime Novales, 1º ESO


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Nada llena tanto

Praderas1La idea de realizar voluntaria­do fue recibida con gran inte­rés por toda mi clase de FP. El objetivo era claro: dedicar un día a la semana a compartir nuestro tiempo con personas que lo necesitasen, tanto ancianos como discapacitados. Lo­gramos hacer en clase tres grupos que se repartirían entre tres lugares diferentes.

Mi grupo, compuesto por seis miembros, se decantó por la op­ción de la residencia de la tercera edad “Las Praderas”, situada en Po­zuelo de Alarcón. Todo comenzó como una rutina de ir a visitar a los ancianos los lunes, pero el segundo día ya les habíamos cogido un cari­ño especial, incluso cada uno tenía­mos nuestro “abuelito” propio.

Es increíble lo que estas perso­nas pueden dar. Ninguno de los días del voluntariado faltaron las partidas de ajedrez con don Ra­fael, las de la brisca con don Félix y don Hilario. Estoy convencido que hasta nosotros íbamos con más ganas que los residentes, aunque realmente se les veía felices cuan­do llegábamos, y poco tardaban en venir a saludarnos y a pedirnos una partida de cartas. También tu­vimos charlas muy interesantes con todos los ancianos, tratando temas de actualidad y jugando a las adi­vinanzas.

El trato que recibimos tanto de los trabajadores de la residencia como la de los propios residentes es realmente excepcional. No fal­tan por supuesto las risas, las bro­mas, las fotos, las conversaciones… Nuestro paso por “Las Praderas” po­dría definirse como “increíble”.

Por mi propia cuenta seguiré realizando labores de voluntaria­do siempre que esté en mi ma­no, y os animo a todos a que le dediquéis algún rato a las perso­nas que necesitan alguien que les ayude o, simplemente, necesitan que le escuchen. Nada llena tan­to a una persona como ayudar a los demás.

Alonso Pîta da Veiga, Grado Superior de FP Adm. y Finanzas