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La campaña de Navidad

Un año más la Campaña de Navidad ha sido un éxito. Este curso se cumplen 30 años desde que comenzó esta iniciativa en Retamar. Hay que remontarse al año 1975.

Carmen de Echánove empezó a dar catequesis en los barrios marginales de Pitis, próximos a la naciente urbanización Mirasierra. Ya entonces vio la necesidad de ayudarles no sólo en lo espiritual sino también en lo material. Por ello empezó a conseguir alimentos, mantas y dinero para ayudar a muchas familias a través de la parroquia de san Víctor. Solicitó ayuda a más colegios y en 1985 contactó con Retamar, que contribuyó generosamente. Viendo que la colaboración fue tan eficaz, Retamar se convirtió a partir de entonces en un maravilloso benefactor para esas familias desfavorecidas.

Empezamos con el maletero de un coche lleno de alimentos; luego una furgoneta… y actualmente llevamos 7 furgonetas cargadas de alimentos. Los destinos son diversos: la parroquia Santa Edith Stein, la Asociación Valdeperales, las Hermanitas de los pobres de Los Molinos y la parroquia del beato Manuel González de San Sebastián de los Reyes.

En 1990 empecé a encargarme del reparto de los alimentos de la campaña y he contemplado un crecimiento constante en la generosidad de las familias de Retamar.

Hacemos competiciones en los diferentes cursos para estimular que los alumnos traigan muchas cosas y son días de gran movimiento e ilusión. El día de la campaña un grupo de unos 20 alumnos se encargan de recoger los alimentos en todas las secciones del colegio. Después del reparto en los diferentes lugares disfrutamos de una estupenda comida en la casa de Dña. Carmen. Cantamos villancicos, con castañuelas incluidas, tocamos el piano, jugamos al fútbol… y vivimos un día fantástico que nos ayuda a prepararnos para la Navidad ayudando a gente necesitada. Una gozada que se repite año tras año.

Gabriel Echánove

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La gran recogida del Banco de Alimentos

De piedra. Boquiabierto. Así me he quedado esta semana al ser testigo de un pequeño milagro: adolescentes comportándose con una madurez que raya la heroicidad.

Soy profesor de Bachillerato y estos días los estudiantes de mi centro tenían los exámenes trimestrales. Durante estos mismos días los alumnos también han estado organizándose para cubrir 500 turnos de voluntariado para la recogida de productos no perecederos, organizada por el Banco de Alimentos este pasado fin de semana. Cada turno duraba 6 horas de media. Y casi 100 estudiantes tuvieron que hacer turno doble. Más de 120 toneladas recogidas el viernes y sábado en una docena de centros comerciales. Cuatro alumnos de 2° de Bachillerato organizando los turnos desde el miércoles y quedándose hasta altas horas de la noche trabajando, coordinando toda la operación para que no falte gente en ningún sitio a lo largo del fin de semana.

Uno se siente orgulloso al pensar que es posible que el horizonte de unos jóvenes, de 16 y 17 años, al acabar su semana de exámenes, haya sido conseguir comida para 8.000 personas durante un año. Para que luego los adultos y educadores pensemos que a esta edad no se pueden asumir compromisos y responsabilidades de gran calado.

Javier García Herrería

 

Lo que pudo ser un fin de semana normal y corriente para unos, fue un fin de semana diferente para los voluntarios que estuvimos ayudando en la recogida de comida del Banco de Alimentos. Pasar una tarde en un supermercado para unos , o incluso el fin de semana entero para otros, puede parecer aburrido. Esto cobra sentido cuando lo miras desde dentro y ves que eres una pequeña, pero importante, parte del conjunto que ha superado el objetivo de recaudar los 18 millones de kilos previstos.

La generosidad de la gente del supermercado en el que estuve y la amabilidad con que cada uno de ellos nos trataba nos hicieron ayudar con más alegría y entusiasmo. Las bolsas con alimentos no paraban de llegar y hubo algún que otro despistado que confundió la bolsa de su compra (con maquinillas de afeitar, desodorante, jabones y cepillos de dientes) con la bolsa de comida para el Banco de Alimentos. La señora a la que le ocurrió esto volvió airosa y preocupada a recuperar su bolsa y vio que habíamos distribuido el material en varios carritos para ser devueltos. Entre todos conseguimos reunir toda su compra y de-
volvérsela sin problemas. Más nos sorprendió la llegada de varias personas con carros enteros solo con alimentos no perecederos para ayudar a las personas a las que va destinada esta comida.

Estuve ayudando la tarde del sábado y cuando me fui por la noche ya llevábamos recogidas 6 toneladas a lo largo del día. Esa tarde me di cuenta de que gracias a pequeñas aportaciones, mucha gente podrá pasar un momento agradable y tendrá algo más que llevarse a la boca estas Navidades. Gracias a esos “anónimos”, que generosamente rascaron sus bolsillos, se hace feliz a miles de personas.

Jaime Ortega

 

Sinceramente, cuando me dijeron que me podía apuntar como voluntario para la operación kilo, tan solo pensé que si me apuntase no tendría que estar en mí casa estudiando y además pasaría un buen rato con mis amigos. Es cierto, lo he de reconocer, pensé antes en mí mismo que en que ese fin de semana el Banco de alimentos recaudaría la mayor parte de alimentos que luego se distribuirían entre 1,5 millones de personas durante todo el año.

En fin, que me apunté como voluntario para estar en un centro comercial de Pozuelo, imaginándome que me encargaría del Hipercor de Pozuelo. Me equivocaba, fui asignado el Supercor de avenida de Europa. Qué mala suerte fue mi primer pensamiento, porque el Supercor es un centro muy pequeño en el que entraría poca gente, y encima tendría que estar ahí 8 horas seguidas…

Llegué a las dos en punto, y en vez de ponerme el peto y empezar a trabajar, me cogí una silla, me senté, y me quedé mirando a lo que supongo que sería el infinito. Después de una hora llegó un amigo mío y me dijo: “Mira, tienes todo el año para sentarte, así que levántate y ayuda, que te viene bien”. Así de claro me lo dijo. Así que me levanté, me puse el peto, y me situé en la entrada recitando la misma frase siempre que venia una persona: “Buenos días, somos voluntarios del Banco de alimentos, organización que da de comer a 1,5 millones de personas todos los días, ¿querría participar y darnos algún alimento no perecedero?”.

Bueno, durante este día me ocurrió un suceso de esos que uno se queda flipando sin poder decir nada: En la entrada de este centro estaba sentada una señora de unos 40 años que era de Nigeria. Esta señora vino a las cuatro de la tarde, y desde entonces, para atraer a la gente, no paraba de llamarle ̈guapo ̈a todo el mundo. Y una cosa que nos sorprendió a todos los voluntarios que estábamos ahí es que siempre que la mirábamos, tenía una sonrisa en su cara.

Algunas de las personas que entraban en este centro, aparte de darnos alimentos a nosotros, le daban a esta señora o algunas monedas o algún alimento, como caldos, arroz… Como es de suponer, esta señora estaba encantada.

Ya eran las 9 de la noche, y me dice esta señora: “Bueno guapo, me voy a mi casa, pero antes de irme querría darte esto, es lo poco que he podido reunir hoy”. Me dio una bolsa entera de alimentos. Yo la dije que se la quedase, que esos alimentos le vendrían muybien, pero se me quedó mirando y me respondió muy seriamente diciendo que había personas que lo estaban pasando peor que ella, que ella ya se las arreglaría. Claro, cuando una persona que es pobre va y te dice esto, lo primero que piensas es que qué esta pasando aquí, que el que tiene que ser generoso soy yo y no la señora.

En fin, que este suceso, nos marcó a los voluntarios, puesto que aprendimos una lección muy importante, que es la generosidad. Independientemente de la cantidad, esa señora dio casi todo lo que tenía. Medido en dinero no fue la mayor cantidad, pero sí desde el punto de vista solidario.

Ignacio Chiva

 

Cuando nos dijeron a mis amigos y mí que si queríamos ir a colaborar con el banco de alimentos rápidamente respondimos que sí, pero no por el hecho de ayudar a la gente que está pasando por serios apuros hoy el día, sino porque queríamos hacer algo distinto y pasar un buen rato.

Tras pasar por varias horas en el Hipercor, nos dimos cuenta de que nos lo pasábamos bien, no por estar entre amigos, sino porque nos sentíamos orgullosos de estar recolectando comida para aquellos que lo necesitan. Nos quedábamos maravillados de la generosidad de la gente al traernos la comida, familias numerosas entregándonos carros a rebosar, niños pequeños que nos ofrecían sus chuches…

En esto consiste la felicidad: pensar en los demás antes que en ti

Javier Fragua

 

Este año, al igual que el anterior he participado junto con más alumnos de Bachillerato del Colegio en la recogida de comida para el Banco de alimentos de Madrid, en muchos supermercados de la ciudad y sus afueras.

Los alimentos que recogimos son legumbres, conservas, arroz, pasta, harina, aceite, azúcar y otros como dulces navideños o galletas para el desayuno. Estos servirán para dar de comer a cientos de familias necesitadas durante estas Navidades.

Sorprende ver a gente muy entregada dando grandes cantidades y a otra gente más entregada aún que no puede dar mucho pero aporta su granito de arena con una sonrisa que nos motivaba y nos animaba a seguir nosotros con la misma alegría.

Unos donan alimentos, otros donan su tiempo y otros donamos ambas cosas, pero lo importante es que todos hemos dado una parte de lo nuestro para alegrar las fiestas a muchas personas; y como siempre en estas cosas, los que hemos sentido salido ganando somos nosotros. La alegría y satisfacción con la que sales del Banco de Alimentos es enorme , y os aconsejo ayudar el año que viene.

Pablo Sastre Ortega

Comprando comida en un supermercado

Por José Gefaell Berenguer  (2º Eso E)

 

El término solidaridad se emplea  en varias áreas. En Derecho, por ejemplo, solidaridad significa “por entero”. En Lingüística, la solidaridad es la función entre dos elementos que se implican mutuamente en un texto. En Sociología, la solidaridad en la comunidad es el  sentimiento de unidad basado en  intereses o en metas comunes, compartido por muchos individuos.  Pero en la Iglesia Católica —y  también para mí—, la solidaridad es un sacrificio de acuerdo con las capacidades de cada uno, que consiste en dar y no recibir.

Hace  unos meses, en Retamar se realizó  una campaña solidaria contra el hambre para que muchas familias vinculadas a algunas parroquias, que estuvieran mal económicamente, pudieran disfrutar de unas Navidades más dignas, como cualquier otra familia. Los alumnos de Retamar superaron cualquier expectativa. Yo no conozco la cifra exacta de lo que se recaudó, pero algunos alumnos aportamos un poco de nuestro dinero en lugar de traer comida. Los tutores nos habían sorprendido con la idea de ir a un supermercado a comprar comida con el dinero que cada uno aportara. Yo mismo fui con algunos compañeros de otras clases que habían entregado dinero  y llenamos a rebosar dos carros de  los grandes. Cuando ves las estanterías de los supermercados repletas de productos y tienes que escoger tú lo que quieres para los demás, te das cuenta de que estás comprando productos de primera necesidad… que  realmente no son para ti, porque tú tienes de todo en tu casa…

A esta “salida” solo asistimos la  gente de mi curso que trajo dinero, pero, para llevar la comida que aportaron los demás, fueron necesarias varias furgonetas. Imagínense cuánta comida entregó todo el  colegio.

Hoy tú no eres el “prota”

Familia Romera Calaforra

 

Antes de entrar en Retamar, nuestro hijo estuvo en un colegio estupendo llamado Everest. Entre sus muchas buenas ideas estaba “la semana del protagonista”, en la que el niño en cuestión podía ir disfrazado al cole, llevaba fotos de su familia, de sus vacaciones, se    colocaba el primero de la fila, ayudaba a repartir la merienda, etc. En definitiva, era “El prota”.

Me sorprendo a mí mismo cuando analizo cuántas veces -sin que sea de un modo tan oficial y tan sonado- seguimos haciendo a nuestros hijos “protas” de nuestros días, de nuestro fin de semana, de los planes, de las vacaciones… Como me ocurre con tantas otras cosas, ya no sé si eso es bueno o todo lo contrario, y por ese motivo no lo voy a adjetivar. Diré simplemente que tiene ventajas, pero también inconvenientes.

Hay una mañana cada mes y medio aproximadamente (¡ya ves tú!) en la que participamos en el “voluntariado familiar” y en la que oficialmente se les dice: “Hoy, hijo, tú no eres el prota”. Hoy, si te aburres, no es importante, porque lo importante hoy es que fulanito o menganita se lo pase rebien. Si esta mañana no te hacemos tanto caso, tendrás que aguantarte. Si no te doy la mano es porque la tengo ocupada con la mano de una niña que obedece más a las caricias que a las palabras, a un niño que se ríe más si le hago “cosquis” que si le cuento un chiste. O simplemente porque estoy tan sumamente concentrado que te oigo pero no te escucho en absoluto. Yo, que nunca he sabido hacer dos cosas bien a la vez, resulta que ahora estoy pendiente de las reacciones de un niño que no tengo claro si se entera de que estoy ahí  con él o no. Porque si cada niño es un mundo, en esto del voluntariado familiar la frase adquiere un sentido amplio donde los haya.

Luego la cosa evoluciona y ya puedo estar pendiente de más cosas. De cómo le coges tú de la mano porque está “helao”. O de cómo le soplas flojito para que se le seque el sudor de la frente después del partidazo que hemos echado. O de cómo le miras, flipado por completo, intentando entender “no sé qué”, y acto seguido te levantas y le haces una caricia sin venir muy a cuento. Vamos, que sin querer, vuelvo a estar pendiente de vosotros y eso que hoy, como os hemos repetido mil veces, no sois “los protas”.

Hemos pasado de un voluntariado a secas como hacíamos de jóvenes a un “voluntariado familiar” (me encanta el adjetivo). Hemos construido una actividad familiar que esta vez    no es un plan pensado para vosotros, aunque creo que en gran medida también lo es. La actividad del voluntariado familiar es así. Como decía mi abuela, “se juntan las hambres y las ganas de comer”. Dicho en fino, se aúnan las buenas ideas (ahora sí las califico de buenas) con una organización muy bien pensada que ha conseguido dar forma a un proyecto en el que, como poco, intervienen tres ideas fundamentales. Dos te las explican detalladamente en la charla de iniciación. La tercera ya te la he adelantado en los    párrafos anteriores, pero volveré a ella al final.

El primer objetivo es que los niños disminuidos psíquicos cambien de aires, se diviertan con otros niños de su edad y que pasen un día distinto, fuera de las rutinas habituales.    Que se rían, que se diviertan (en algunos casos es difícil afirmarlo, pero en la gran mayoría de los niños, la deficiencia es leve y no les impide ser tremendamente expresivos).

El segundo objetivo que te explican es el del “respiro familiar”. Porque hay casos en los que la atención que requieren los niños es intensa y continuada. Es muchísima atención y aunque nadie se queje, debe ser agotador. Os pongo un ejemplo. En una ocasión, sacamos    a un niño autista de unos 10 años y fue la primera vez que su madre se separó de él. (¿Impresionante, verdad?). ¿Sabéis para qué aprovechó la cobertura? Pues para ir a hacer la compra sola (bueno, sola con su otra nieta). A la vuelta, ya al despedirnos incluso nos preguntó si tenía que pagarnos algo. Le dijimos que con 50€ quedábamos en paz (¡¡que noooo, que es broma!! Es que parece que os veía leyendo con cara melancólica y no se    trata de eso sino de animaros). Perdonadme la broma, pero quedaros por favor con la pregunta para que veáis hasta qué punto un descanso de una mañana puede ser algo extraordinario en algunas familias.

El tercer ingrediente que interviene en esta actividad no te lo explican en la charla, pero para eso estoy yo escribiendo esto, ¿no?. Se trata de un intangible para nuestras familias y que no tengo ningún pudor en reconocer que también ha pesado en la decisión de comenzar el voluntariado familiar. Educar en la generosidad. Compartiendo el tiempo, los planes, el protagonismo y de una forma u otra darse a los demás. Nuestros hijos, todos y de acuerdo a su edad, participan de una actividad en la que toda la familia está involucrada.

Permitidme  aquí deciros que conocí a una colega voluntaria en su carrito de bebé y que ahora nos acompaña con sus dos añitos cumplidos (¡menudo ejemplo de familia!). Como decía, nuestros hijos lo viven, no se lo  contamos. Descubren que existen estados de salud distintos a los suyos, otras zonas de Madrid por las que no pasamos habitualmente, barrios con otros colores, casas diferentes a la tuya, a la mía, a la del último cumpleaños al que le llevamos. Sobre todo, aprenden sin darse cuenta a convivir con los chicos. A reducir esa distancia que crea la ignorancia, a normalizar esas reacciones instintivas que sólo con el    trato conseguimos incorporar en nuestras conductas. Dudo mucho que a alguno de nuestros niños del voluntariado se le ocurra usar la palabra subnormal como insulto, hacer muecas de cualquier niño con una deficiencia, retirarse cuando algún niño se acerca a darles un abrazo, hacer un mal gesto cuando les den un beso con más o menos babas, mirarles por encima del hombro, etc. Pongo mi mano en el fuego que no lo harán, y estas cosas son realmente importantes, son tremendamente valiosas en cual  quier educación que quiera considerarse completa, integral o como se quiera llamar.

Nuestros hijos son pequeños. Van a donde les llevamos y de momento no pueden conocer por sí mismos ciertas cosas si no se las mostramos, mejor aún, si no las vivimos con ellos. En fin, paradme que me embalo yo solo. Es una oportunidad excelente para que ellos (y nosotros) se planteen temas de un modo verdaderamente profundo (te sorprenderán sus preguntas). Un momento para transmitirnos sus dudas y, cómo no, una oportunidad de oro que nos dan para enseñarles a ensanchar el corazón con nuestras respuestas. No me cabe la menor duda de que lo hacen. Mi cuñado viene acompañándonos estas últimas salidas y a pesar de no tener niños, le resulta evidente la combinación de estos tres ingredientes de los que te he hablado. Para su caso, como para nuestros hijos universitarios, la ONG    (Desarrollo y Asistencia) tiene otros programas específicos con jóvenes de su edad, ya sin la familia detrás y con actividades más adaptadas tanto a los niños disminuidos como a ellos mismos. Planes de ir a la bolera, al retiro, visitas en hospitales, residencias, etc.

Volviendo al “voluntariado familiar”, me pregunto si con más familias como vosotros se podría  ampliar el círculo de colegios, asociaciones, entidades, familias que se benefician (que nos beneficiamos) de esta iniciativa tan bien ideada. En fin, que termino ya con la    misma intención de no adjetivar con bueno o malo, pero esta vez me voy a permitir al menos “cuantificar”. Diciéndote que, en resumen, esta actividad del voluntariado familiar tiene muchísimas más ventajas que inconvenientes y que por eso yo te animo sinceramente a que lo emprendas.

Campaña de Navidad

El jueves 18 de diciembre, algunos alumnos de 1º de ESO recogimos de las cuatro secciones que forman el Colegio, todo lo que se había conseguido para la campaña de Navidad: comida no perecedera, mantas, papel higiénico,…artículos que han ido trayendo los alumnos, regalados por la generosidad de sus familias. Parece fácil, pero era mucho trabajo, pues tuvimos que llenar cinco furgonetas completas.

Una vez cargado todo, las cinco furgonetas se dirigieron a sus destinos: Parroquia Sta. Edith Stein, Asociación Valdeperales, Redmadre y Residencia de las hermanitas de los pobres de Los Molinos. Al terminar nuestro trabajo fuimos, como ya es tradicional, a comer y cantar villancicos hasta las tres de la tarde, hora en la que nos incorporamos al Colegio.

Por Rodrigo Villalón (1ºESO)

Gracias, familias, porque con vuestra ayuda y colaboración hemos conseguido compartir nuestros alimentos con un gran número de familias, haciendo posible que todos celebremos una felices y santas Navidades.

Personalmente me ha ayudado mucho ver la generosidad de las familias de Retamar y cómo han acudido a ayudar a personas necesitadas. Tuve la suerte de colaborar muy de cerca en el transporte y fue emocionante llenar cinco furgonetas completas de alimentos no perecederos y otros productos necesarios para la higiene. Luego distribuimos por diversas instituciones todo lo recogido.

Me siento afortunado por haber podido colaborar con el Colegio en este importante proyecto y haber contribuido de alguna manera a la felicidad de muchas personas.

Por Javier P. (1ºESO)

Operación Kilo 2014 en los ciclos formativos

Por Sergio Marín (2º de Administración y Finanzas)

Desde principios del mes de diciembre, los alumnos de Formación Profesional de Retamar, estuvieron trayendo comida al Colegio con motivo de la tradicional Operación Kilo que hacemos todos los años. Este año pretendíamos superar al año anterior y así ser capaces de atender más familias. La primera mitad del mes fue un continuo ir y venir de alumnos con sus bolsas de comida, alguna clase decidió poner dinero e ir directamente a comprar la comida a un supermercado.

No pensamos entregar la comida a ninguna institución, sino llevarla a las casas de los propios interesados. De esa manera, los alumnos podrían comprobar, por sí mismo, las situaciones de pobreza que se viven muy cerca de nosotros.

El 19 de diciembre quedamos a las 11 de la mañana para clasificar la comida entregada y repartirla entre las familias que íbamos a atender. En esta operación colaboraron bastantes alumnos. Después de comer, procedimos a meterla en 4 coches de alumnos que colaboraron en el reparto, 8 en total, 2 en cada coche, dependiendo de la zona a la que íbamos a acudir. Fueron atendidas 22 familias —unas 80 personas—, y la comida recogida superó, con creces, la del año anterior. La repartimos en zonas desfavorecidas de Carabanchel, Caño Roto y Los Cármenes. Hicimos 4 paradas y subíamos la comida a los pisos de la gente atendida. Los alumnos quedaron muy impresionados por la alegría con que las familias recibían los alimentos y las situaciones que se encontraban.

El año que viene nos hemos puesto como objetivo superar el número de personas a ayudar y mejorar el sistema de reparto. Para todos fue una experiencia inolvidable que, ciertamente, querían repetir el curso próximo.

Crónicas de la “Gran Recogida del Banco de Alimentos”

BA1El primer fin de semana de di­ciembre de 2013, 250 alumnos de 4º ESO, 1º y 2º de Bachillerato, participa­ron en la “Gran Recogida del Ban­co de Alimentos”. Para esta labor de voluntariado, nuestros alumnos desplegaron un gran dispositivo de presencia en diferentes centros co­merciales de Madrid. De los 14.000 voluntarios que realizaron esta ac­tividad en toda España, nuestros alum­nos supusieron cerca del 2%, una muestra de la responsabilidad so­lidaria que mantienen durante su paso por Retamar. Agradecemos a todas las familias que colaboraron con sus aportaciones durante ese fin de semana, la cercanía que de­mostraron en los puntos de venta con nuestros alumnos.

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La realidad superó nuestras expectativas

Decía el Papa Francisco en la JMJ de Brasil que en nuestra socie­dad muchas veces dejamos de la­do a los jóvenes y a los ancianos. Y en ambos casos las razones son las mismas: nos falta creer en ellos, en su sabiduría, en lo que pueden aportar. Vaya por delante que jóve­nes y ancianos tienen posibilidades muy diversas, pero no cabe duda que muchas veces somos bastante ciegos a la hora de valorarlas.

La campaña del Banco de Ali­mentos fue una de esas ocasio­nes. Los profesores sabíamos que los alumnos podían dar mucho más de lo que ellos pensaban, pe­ro también nos quedamos cortos en nuestras suposiciones. Y es que el tiempo, el empeño, el buen hu­mor y la profesionalidad con la que trabajaron los doscientos cincuenta alumnos de Retamar nos deja­ron a todos admirados. Baste como prueba de lo que digo la reacción del Director del Colegio. El día anterior a la campaña le pedí que pasa­ra por algunos Centros comerciales para saludar a los alumnos que allí estuvieran y ver cómo iba su traba­jo. Lo cierto es que su agenda ese fin de semana no era fácil, pero se comprometió a ello. Para mi sorpre­sa, el lunes D. José Luis me comen­tó que se había pasado todo el fin de semana yendo de un Centro co­mercial a otro; visitó más de 15 en total. La satisfacción que le supu­so ver la entrega de los estudiantes fue la mejor inversión de tiempo de su fin de semana.

Javier García-Herrería, Profesor Encargado de 1º de Bachillerato

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Una huella especial

No sé exactamente cómo lo voy a contar pero sí tengo claro lo que he vivido. Todo empezó con una precipitada decisión en pro del bien ajeno. Primero se nos co­municó la participación del Cole­gio en la llamada Gran Recogida, en la que podríamos participar ayudando en un Centro comercial la mitad de un día del finde. An­te esto, un amigo y yo tomamos la decisión de no hacer un turno si­no dos, y para rematar la decisión los turnos serían seguidos. Si lo hici­mos fue tanto por las ganas juveni­les de ayudar como por la menos desinteresada búsqueda de ‘ga­nar’ puntos para el viaje a San Pe­tersburgo.

Así que ahí estábamos el sába­do tras los exámenes a las 8:45 en el Carrefour de Ciudad de la Ima­gen. Tras preparar el puesto cen­tral y recoger el peto identificativo fui con mi amigo a informar de lo que hacíamos. Toda la mañana la empleamos en sonreír y repetir, en tiempo récord, el incansable salu­do que aun hoy recuerdo: Buenos días, ¿le gustaría colaborar con el Banco de Alimentos? Estamos in­tentando recaudar la mayor canti­dad posible de alimentos no perecederos. Muchas gracias.

El agradecimiento se incluía fue­se positiva la respuesta o fuese ne­gativa y siempre iba acompañado de una sonrisa. Ya cerca del final se acercó al puesto la cámara de televisión de la Sexta. Tanto mi compañero co­mo yo perdimos la oportunidad de la fama, pues por el pasillo opues­to se nos acercaban más clientes.

Así finalizaba la mañana, que no nuestra jornada de solidaridad. Continuamos en el Mercadona de Monteclaro donde, tras comer en un bar, iniciamos la sesión de la tarde. Esta se desarrolló más tran­quilamente, la afluencia no era tan numerosa y nos encargamos del trabajo en la sombra: contar y empaquetar los alimentos. Así aca­bamos, y lo que no puedo escribir es la satisfacción que te embarga cuando te enteras de que has con­tribuido con tu granito a obtener 55 toneladas de alimentos. Cuan­do ahora, al escribir, miro atrás, no solo vuelve la alegría de haber ayudado en este acto de justicia humana, sino que me doy cuen­ta de que en verdad son los actos particulares los que forman el ca­rácter y que este ha dejado una huella especial.

Álvaro Fragua, 1º Bachillerato A

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Una montaña de ayuda a los demás

Cierto martes a la hora de Pláti­ca, nos citaron a todos los alumnos de 1º y 2º de Bachillerato y 4º de ESO para explicarnos el funciona­miento de la nueva iniciativa en la que el Colegio se implicaba y ani­marnos a participar con el Banco de Alimentos.

Admito que todo el mundo se vio un poco obligado a participar en la campaña, en parte por con­ciencia propia y en parte por los profesores, pero muy pocos lo hi­cieron por voluntad y ánimo de alegrar la Navidad a los demás. Yo temo incluirme en el primer gru­po durante la charla, pero tengo la suerte de decir que me colé en el segundo cuando el domingo a las 3 de la tarde terminamos de colocar las últimas bolsas de todo un montón que pesaba 2,5 tone­ladas.

Me levanté a las 8 de la ma­ñana en casa de un amigo con el que compartía turno. Tras prepararnos y quedar con el resto de com­pañeros en la entrada principal del supermercado nos dispusimos a trabajar, con peto en pecho.

Al principio la vergüenza nos ganaba la partida en tímidas inter­venciones a viejecitas indefensas que siempre picaban el anzue­lo, pero a medida que la mañana trascurría la confianza de llevar el peto nos ayudó a abordar inclu­so a jóvenes de nuestra edad que nos miraban asombrados, bien por nuestro nivel de pardillos o por nuestro esfuerzo y dedicación ha­cia familias que no pueden permitirse ni el 10% de lo que ellos tienen.

Como el orgullo que sentían las ancianas al vernos y pensar que quizás la juventud de hoy no está tan perdida, no vale de nada si nosotros no sentíamos de verdad la labor que estábamos ha­ciendo: pasó de golpe de una ta­rea pesada “para el cole” a un favor que realizábamos encanta­dos.

Nos pusimos las pilas y comen­zamos a explicar a la gente la ra­zón por la que estábamos ahí, sintiéndolo de verdad. Comenza­mos a disfrutar anudando cada bolsa que sumaba 5 kilos más y que iba a ir a una familia que nos lo agradecería de corazón. Cora­zón, eso es lo que comenzamos a usar durante cinco horas, porque nunca está de más hacerle caso al­gún día, y ese día era el nuestro.

Como ya he dicho antes, yo era de ese 90% de gente que me­dio obligada accedió a inscribir su nombre en esta labor, pero tam­bién añado que fui uno de los vo­luntarios del Colegio Retamar que cambió de idea al comprender de verdad lo que sus cinco horas implicaban para los demás.

Doy gracias por la oportunidad de haber sido parte de esto, por­que es el momento en el que te das cuenta de que un grano de arena echado por 250 chicos de 15, 16 y 17 años puede llegar a construir una montaña. Una mon­taña que ayuda a los demás y nos ha ayudado a nosotros.

Antonio González-Pacheco, 1º Bachillerato D

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¿Y a qué vengo yo aquí?

Acabábamos de terminar exá­menes cuando me levanté un sá­bado por la mañana, dispuesto a ayudar a los más necesitados y repleto de ilusión por recaudar el mayor número de kilos posible en la famosa “Campaña del Banco de Alimentos””.

Ese sábado, a las 15:30 llegué con unos cuan­tos amigos el Carre­four de Ciudad de la Imagen para pasar unas horas recaudando todo tipo de ali­mentos. En un principio pensé: “¿Y a qué vengo yo aquí? Total, 10 ki­los arriba 10 abajo, qué más dará”. Al comenzar, decidí tomárme­lo con humor y con ganas de ha­cerlo bien. Y tras unas horas, me di cuenta de lo satisfecho que se queda uno recaudando tantos ali­mentos y viendo cómo la gente que iba entrando en el supermer­cado estaba dispuesta a aportar su granito de arena. También aprecié que las apariencias engañan: podías ver a un tipo bien vesti­do y con cara de simpático y que luego era todo una careta, ya que te res­pondía que no pensaba dar nada, o al contrario, gente con peores pintas y peor imagen, que apor­taba algo.

Y al día siguiente me levanté feliz al ver que nuestros resultados habían sido todo un éxito y que uno se lo podía pasar en grande con los amigos ayudando a los demás.

Álvaro Goenaga, 1º Bachillerato C

Con muy poco podemos hacer mucho

Poco antes de las Navidades, el Banco de Alimentos organizó una gran re­cogida de comida no pe­recedera para ayudar a más de 100,000 personas que están ba­jo el umbral de la pobreza en la Comunidad de Madrid. Doscientos cuarenta alumnos de entre 15 y 17 años de Retamar hemos servi­do como voluntarios en este gran proyecto solidario, recogiendo ali­mentos en supermercados de Po­zuelo de Alarcón, Majadahonda y Las Rozas. Las cifras reflejan que, como no podía ser de otra forma, hemos superado las expectativas recolectando casi 80 toneladas de comida. Una clara muestra de có­mo la combinación de solidaridad, ilusión y trabajo de todos no en­tiende de fronteras.

Desde aquí queremos agrade­cer al Banco de Alimentos la orga­nización de esta campaña que no sólo cambiará las navidades de mi­les de familias españolas sino que además nos recuerda que com­partir con los más necesitados es un deber de todos y que, una vez más, con muy poco podemos ha­cer mucho.

Jaime Stein, 1º de Bachillerato A

Un viernes de 17,50 a 21,30

Los días 29 y 30 de noviem­bre y 1 de diciembre, tuvimos la oportunidad de participar como voluntarios en la Gran Recogida, or­ganizada por el Banco de Alimen­tos. El turno de mi grupo comenzó el viernes a las 17:50 y finalizó a las 21:30. Nuestra labor consistía en re­colectar la mayor cantidad de ali­mentos, a base de la generosidad de los compradores. Esto además conlleva una labor organizativa de separación y contabilidad de los ali­mentos donados.

Todo comenzó con la presenta­ción de Don Carlos, un voluntario del Banco de Alimentos, encarga­do de nuestro grupo. Una vez situa­dos, y tras varias horas de recogida de alimentos, empezamos a conta­bilizar todos los alimentos que esta­ban en las cajas que había puesto el Banco. ya que el propio super­mercado (Mercadona de Montecar­melo) también iba a colaborar con la entrega de alimentos.

Un día más tarde, nuestro orga­nizador, contactó con nosotros pa­ra anunciarnos que nuestro trabajo había servido para recolectar 6 to­neladas de alimentos, y felicitarnos porque superamos las expectativas que había puestas en el Centro Co­mercial donde trabajamos.

Felipe Vispo, 2º Bachillerato B