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Crónicas de la “Gran Recogida del Banco de Alimentos”

BA1El primer fin de semana de di­ciembre de 2013, 250 alumnos de 4º ESO, 1º y 2º de Bachillerato, participa­ron en la “Gran Recogida del Ban­co de Alimentos”. Para esta labor de voluntariado, nuestros alumnos desplegaron un gran dispositivo de presencia en diferentes centros co­merciales de Madrid. De los 14.000 voluntarios que realizaron esta ac­tividad en toda España, nuestros alum­nos supusieron cerca del 2%, una muestra de la responsabilidad so­lidaria que mantienen durante su paso por Retamar. Agradecemos a todas las familias que colaboraron con sus aportaciones durante ese fin de semana, la cercanía que de­mostraron en los puntos de venta con nuestros alumnos.

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La realidad superó nuestras expectativas

Decía el Papa Francisco en la JMJ de Brasil que en nuestra socie­dad muchas veces dejamos de la­do a los jóvenes y a los ancianos. Y en ambos casos las razones son las mismas: nos falta creer en ellos, en su sabiduría, en lo que pueden aportar. Vaya por delante que jóve­nes y ancianos tienen posibilidades muy diversas, pero no cabe duda que muchas veces somos bastante ciegos a la hora de valorarlas.

La campaña del Banco de Ali­mentos fue una de esas ocasio­nes. Los profesores sabíamos que los alumnos podían dar mucho más de lo que ellos pensaban, pe­ro también nos quedamos cortos en nuestras suposiciones. Y es que el tiempo, el empeño, el buen hu­mor y la profesionalidad con la que trabajaron los doscientos cincuenta alumnos de Retamar nos deja­ron a todos admirados. Baste como prueba de lo que digo la reacción del Director del Colegio. El día anterior a la campaña le pedí que pasa­ra por algunos Centros comerciales para saludar a los alumnos que allí estuvieran y ver cómo iba su traba­jo. Lo cierto es que su agenda ese fin de semana no era fácil, pero se comprometió a ello. Para mi sorpre­sa, el lunes D. José Luis me comen­tó que se había pasado todo el fin de semana yendo de un Centro co­mercial a otro; visitó más de 15 en total. La satisfacción que le supu­so ver la entrega de los estudiantes fue la mejor inversión de tiempo de su fin de semana.

Javier García-Herrería, Profesor Encargado de 1º de Bachillerato

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Una huella especial

No sé exactamente cómo lo voy a contar pero sí tengo claro lo que he vivido. Todo empezó con una precipitada decisión en pro del bien ajeno. Primero se nos co­municó la participación del Cole­gio en la llamada Gran Recogida, en la que podríamos participar ayudando en un Centro comercial la mitad de un día del finde. An­te esto, un amigo y yo tomamos la decisión de no hacer un turno si­no dos, y para rematar la decisión los turnos serían seguidos. Si lo hici­mos fue tanto por las ganas juveni­les de ayudar como por la menos desinteresada búsqueda de ‘ga­nar’ puntos para el viaje a San Pe­tersburgo.

Así que ahí estábamos el sába­do tras los exámenes a las 8:45 en el Carrefour de Ciudad de la Ima­gen. Tras preparar el puesto cen­tral y recoger el peto identificativo fui con mi amigo a informar de lo que hacíamos. Toda la mañana la empleamos en sonreír y repetir, en tiempo récord, el incansable salu­do que aun hoy recuerdo: Buenos días, ¿le gustaría colaborar con el Banco de Alimentos? Estamos in­tentando recaudar la mayor canti­dad posible de alimentos no perecederos. Muchas gracias.

El agradecimiento se incluía fue­se positiva la respuesta o fuese ne­gativa y siempre iba acompañado de una sonrisa. Ya cerca del final se acercó al puesto la cámara de televisión de la Sexta. Tanto mi compañero co­mo yo perdimos la oportunidad de la fama, pues por el pasillo opues­to se nos acercaban más clientes.

Así finalizaba la mañana, que no nuestra jornada de solidaridad. Continuamos en el Mercadona de Monteclaro donde, tras comer en un bar, iniciamos la sesión de la tarde. Esta se desarrolló más tran­quilamente, la afluencia no era tan numerosa y nos encargamos del trabajo en la sombra: contar y empaquetar los alimentos. Así aca­bamos, y lo que no puedo escribir es la satisfacción que te embarga cuando te enteras de que has con­tribuido con tu granito a obtener 55 toneladas de alimentos. Cuan­do ahora, al escribir, miro atrás, no solo vuelve la alegría de haber ayudado en este acto de justicia humana, sino que me doy cuen­ta de que en verdad son los actos particulares los que forman el ca­rácter y que este ha dejado una huella especial.

Álvaro Fragua, 1º Bachillerato A

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Una montaña de ayuda a los demás

Cierto martes a la hora de Pláti­ca, nos citaron a todos los alumnos de 1º y 2º de Bachillerato y 4º de ESO para explicarnos el funciona­miento de la nueva iniciativa en la que el Colegio se implicaba y ani­marnos a participar con el Banco de Alimentos.

Admito que todo el mundo se vio un poco obligado a participar en la campaña, en parte por con­ciencia propia y en parte por los profesores, pero muy pocos lo hi­cieron por voluntad y ánimo de alegrar la Navidad a los demás. Yo temo incluirme en el primer gru­po durante la charla, pero tengo la suerte de decir que me colé en el segundo cuando el domingo a las 3 de la tarde terminamos de colocar las últimas bolsas de todo un montón que pesaba 2,5 tone­ladas.

Me levanté a las 8 de la ma­ñana en casa de un amigo con el que compartía turno. Tras prepararnos y quedar con el resto de com­pañeros en la entrada principal del supermercado nos dispusimos a trabajar, con peto en pecho.

Al principio la vergüenza nos ganaba la partida en tímidas inter­venciones a viejecitas indefensas que siempre picaban el anzue­lo, pero a medida que la mañana trascurría la confianza de llevar el peto nos ayudó a abordar inclu­so a jóvenes de nuestra edad que nos miraban asombrados, bien por nuestro nivel de pardillos o por nuestro esfuerzo y dedicación ha­cia familias que no pueden permitirse ni el 10% de lo que ellos tienen.

Como el orgullo que sentían las ancianas al vernos y pensar que quizás la juventud de hoy no está tan perdida, no vale de nada si nosotros no sentíamos de verdad la labor que estábamos ha­ciendo: pasó de golpe de una ta­rea pesada “para el cole” a un favor que realizábamos encanta­dos.

Nos pusimos las pilas y comen­zamos a explicar a la gente la ra­zón por la que estábamos ahí, sintiéndolo de verdad. Comenza­mos a disfrutar anudando cada bolsa que sumaba 5 kilos más y que iba a ir a una familia que nos lo agradecería de corazón. Cora­zón, eso es lo que comenzamos a usar durante cinco horas, porque nunca está de más hacerle caso al­gún día, y ese día era el nuestro.

Como ya he dicho antes, yo era de ese 90% de gente que me­dio obligada accedió a inscribir su nombre en esta labor, pero tam­bién añado que fui uno de los vo­luntarios del Colegio Retamar que cambió de idea al comprender de verdad lo que sus cinco horas implicaban para los demás.

Doy gracias por la oportunidad de haber sido parte de esto, por­que es el momento en el que te das cuenta de que un grano de arena echado por 250 chicos de 15, 16 y 17 años puede llegar a construir una montaña. Una mon­taña que ayuda a los demás y nos ha ayudado a nosotros.

Antonio González-Pacheco, 1º Bachillerato D

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¿Y a qué vengo yo aquí?

Acabábamos de terminar exá­menes cuando me levanté un sá­bado por la mañana, dispuesto a ayudar a los más necesitados y repleto de ilusión por recaudar el mayor número de kilos posible en la famosa “Campaña del Banco de Alimentos””.

Ese sábado, a las 15:30 llegué con unos cuan­tos amigos el Carre­four de Ciudad de la Imagen para pasar unas horas recaudando todo tipo de ali­mentos. En un principio pensé: “¿Y a qué vengo yo aquí? Total, 10 ki­los arriba 10 abajo, qué más dará”. Al comenzar, decidí tomárme­lo con humor y con ganas de ha­cerlo bien. Y tras unas horas, me di cuenta de lo satisfecho que se queda uno recaudando tantos ali­mentos y viendo cómo la gente que iba entrando en el supermer­cado estaba dispuesta a aportar su granito de arena. También aprecié que las apariencias engañan: podías ver a un tipo bien vesti­do y con cara de simpático y que luego era todo una careta, ya que te res­pondía que no pensaba dar nada, o al contrario, gente con peores pintas y peor imagen, que apor­taba algo.

Y al día siguiente me levanté feliz al ver que nuestros resultados habían sido todo un éxito y que uno se lo podía pasar en grande con los amigos ayudando a los demás.

Álvaro Goenaga, 1º Bachillerato C

Con muy poco podemos hacer mucho

Poco antes de las Navidades, el Banco de Alimentos organizó una gran re­cogida de comida no pe­recedera para ayudar a más de 100,000 personas que están ba­jo el umbral de la pobreza en la Comunidad de Madrid. Doscientos cuarenta alumnos de entre 15 y 17 años de Retamar hemos servi­do como voluntarios en este gran proyecto solidario, recogiendo ali­mentos en supermercados de Po­zuelo de Alarcón, Majadahonda y Las Rozas. Las cifras reflejan que, como no podía ser de otra forma, hemos superado las expectativas recolectando casi 80 toneladas de comida. Una clara muestra de có­mo la combinación de solidaridad, ilusión y trabajo de todos no en­tiende de fronteras.

Desde aquí queremos agrade­cer al Banco de Alimentos la orga­nización de esta campaña que no sólo cambiará las navidades de mi­les de familias españolas sino que además nos recuerda que com­partir con los más necesitados es un deber de todos y que, una vez más, con muy poco podemos ha­cer mucho.

Jaime Stein, 1º de Bachillerato A

Un viernes de 17,50 a 21,30

Los días 29 y 30 de noviem­bre y 1 de diciembre, tuvimos la oportunidad de participar como voluntarios en la Gran Recogida, or­ganizada por el Banco de Alimen­tos. El turno de mi grupo comenzó el viernes a las 17:50 y finalizó a las 21:30. Nuestra labor consistía en re­colectar la mayor cantidad de ali­mentos, a base de la generosidad de los compradores. Esto además conlleva una labor organizativa de separación y contabilidad de los ali­mentos donados.

Todo comenzó con la presenta­ción de Don Carlos, un voluntario del Banco de Alimentos, encarga­do de nuestro grupo. Una vez situa­dos, y tras varias horas de recogida de alimentos, empezamos a conta­bilizar todos los alimentos que esta­ban en las cajas que había puesto el Banco. ya que el propio super­mercado (Mercadona de Montecar­melo) también iba a colaborar con la entrega de alimentos.

Un día más tarde, nuestro orga­nizador, contactó con nosotros pa­ra anunciarnos que nuestro trabajo había servido para recolectar 6 to­neladas de alimentos, y felicitarnos porque superamos las expectativas que había puestas en el Centro Co­mercial donde trabajamos.

Felipe Vispo, 2º Bachillerato B

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Paseando con discapacitados

5El pasado jueves 31 de octubre de 2013, ocho alumnos de Retamar fuimos a visitar un centro de personas con discapacidad mental.

En el centro había 10 discapa­citados; todos tenían problemas de vista, ocho no veían nada y los otros dos muy poco. Además, en­tre ellos había un autista y una es­quizofrénica.

Una vez en el centro se nos en­señó cómo funciona todo, las ac­tividades que se hacían. También vimos cómo funcionaba el sistema de escritura de los invidentes y pu­dimos escribir nuestro nombre en él.

Cuando terminaron de comer, los conocimos a todos y nos sor­prendió que, a pesar de su desgra­cia, eran bastante alegres. Fuimos a pasear con ellos dentro del recin­to, con mucho cuidado, ya que no veían y había que guiarles. En mi caso, estuve paseando con Silvia, una invidente que, a pesar de no poder ver el camino, sabía perfec­tamente dónde estaba cada cosa.

Pienso que es buena idea ir a visitar a estas personas, ya que se ponen muy contentos con la visita. De hecho, cuando entramos en la sala, algunos saltaban de alegría

Fue una buena experiencia ver cómo personas que tienen muchos problemas pueden ser felices, me ayudó a sentirme mejor.

Diego Melia García, 4º ESO E

Si te digo la verdad, yo solo que­ría ir para perderme clase y pa­sármelo bien entre amigos.

Por lo que nos dijeron el día anterior, yo me había hecho a la idea de que esas habitaciones iban a estar llenas de tecnologías avanzadas para discapacitados, y esas cosas. Pero no, la habitación era sencilla: una esterilla para que los discapacitados trabajasen con la fisioterapeuta, una mesa para hacer distintos trabajos… En la si­guiente habitación que estuvimos nos enseñó cómo escribir nuestro nombre utilizando la escritura pa­ra ciegos, utilizando una máquina de escribir especial (todos nos ayu­damos de una “chuleta”).

A las 13:30 nos dirigimos a una habitación más amplia y con sillo­nes en la que nos presentaron a los discapacitados, que ya habían terminado de comer. El monitor entonces nos dijo que fuéramos a dar un paseo con ellos. Uno de ellos era autista y además era cie­go, por lo que cada uno le dijimos nuestros nombres para que eligie­ra con quién quería salir a dar el paseo.

Después del paseo, volvimos a la habitación y el monitor nos dijo que el autista podía calcular el día de la semana de cualquier fecha que le dijeras. Lo comprobamos y nos quedamos “flipando”, aun sa­biendo que ese don en la vida real nos servía para mucho.

Cada uno de nosotros nos senta­mos con un discapacitado. Yo me senté con “Jenjo” que era el que mejor me caía. En un momento dado elevó la mano como para decirme algo; yo no tenía ni idea de qué quería decirme, así que se la choqué. Se empezó a reír y re­petimos eso 4 veces más.

Ya era la hora de irse a Retamar a comer, así que nos levantamos y nos despedimos de todos. El mo­nitor nos dio las gracias por venir, diciéndo que, aunque habíamos estado poco tiempo, habíamos he­cho felices a unas cuantas perso­nas con discapacidad.

Javier Fragua Dols, 4º ESO D

 Ayer ocho alumnos de 4º de ESO fuimos a una residen­cia de personas con disca­pacidad visual e intelectual. Yo ya había ido el año pasado y me ha­cía una idea de cómo era, pero cada vez que uno  va, la experien­cia es inolvidable.

Al llegar, Jorge nos explicó lo que hacían cada día en la residen­cia: actividades con objetos como campanillas o coches de juguete, con las que podían percibir mejor la realidad. Las campanas les ayu­daban a estimular su capacidad auditiva y saber de dónde vienen los sonidos. El coche de juguete les ayuda a percibir la forma de un co­che real y saber cómo son cosas que nunca han visto. Lo que más me impactó fue una cosa que dijo Jorge: “la vida de estas personas va cuesta abajo y nosotros intentamos hacérsela más feliz”.

Después de la explicación, fuí­mos conociendo a los discapa­citados y conversando con ellos. Algunos hablaban más que otros y reflejaban su discapacidad al no acordarse ni de lo que habían co­mido una hora antes. Esto da qué pensar, uno se plantea qué pue­de hacer por ayudarles. Yo me di cuenta de que lo que más felices les hace es recibir visitas y hablar con los demás, mantener una con­versación con otras personas y ha­cer actividades: jugar a las cartas, al dominó o dar un paseo, aunque sea corto. Todos estaban impacien­tes por salir de paseo con nosotros y no podían contener las ganas, mostrando su alegría.

Jorge nos explicó que está tra­bajando con ellos para que pue­dan salir. También están haciendo pulseras, que luego venden en mercadillos y pueden sacar prove­cho de ellas. De esta manera los discapacitados se sienten útiles y saben que lo que hacen sirve de algo, lo que aumenta sus ganas de hacerlo.

Cuando nos fuimos, ellos sabían que otros alumnos de Retamar volverían la semana siguiente, es decir, sabían que iban a poder dis­frutar de otro agradable momento en pocos días.

Yo animo a todos los que pue­dan asistir a los centros de personas discapacitadas ya que les damos una gran alegría y les hacemos pa­sar un buen rato.

Enrique Iber Díaz, 4º ESO B

 

Una salida diferente

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La verdad, nunca lo había hecho: un jueves cualquiera de clase, con un poco de frío y pocas ganas de hacer cosas… Me tocaba el turno de visita de solidaridad, y allí fui con la chaqueta y otros tres compañeros. Iba un poco “a lo que tocara”. Con tal de no estar en clase… Y lo que vi al llegar me sorprendió. Fuimos al Centro de Día San Carlos, una especie de residencia para personas disminuidas físicas y enfermas. Yo pensaba que tocaría un poco lo de siempre: estar un rato allí, intentar hablar con ellos sentados en los típicos sillones de la sala de estar y poco más. Pero… ¡qué va! Nada más llegar, uno de los encargados nos entregó unos delantales y nos dijo que fuéramos a ayudar… ¡a la cocina! Y menos mal que no se trataba de preparar la comida, que si no… Nuestra tarea al principio fue ayudar a servir la comida en las bandejas e irla distribuyendo por las mesas, que nos llevó un buen rato. Y cuando ya pensábamos que habíamos terminado, llegó de nuevo uno de los encargados y nos dijo que ahora tocaba ayudar a los enfermos a comer. La verdad es que fue muy impactante: muchos no se podían valer por sí mismos, y había que meterles con cuidado la cuchara en la boca, cortarles la carne en trozos pequeños para que no se atragantaran, irles dando agua a sorbitos… Íbamos con el mayor cuidado posible, pero no pudimos evitar manchar un poco. Eso sí: las caras de agradecimiento lo decían todo, y nos animaban a seguir dándoles de comer con todo el cariño del mundo. Y otra cosa muy impresionante, ver a los encargados del centro de día: personas que hacían de servir a los demás su trabajo profesional, gente que día a día no tiene otra ocupación que estar pendiente de otros. Y lo mejor de todo es que eran tipos estupendos, bastante graciosos y con muy buen humor. ¡¡Da para pensar!! En fin, que lo que empezó siendo una visita más dentro de los planes de solidaridad del Colegio, terminó convirtiéndose en algo que me ha hecho pensar y valorar mucho más las cosas.

Ignacio Guitard Maldonado (4º ESO)

Deporte solidario, abril de 2011

DS5El domingo 10 de abril del 2011 se llevó a cabo la IV edición del torneo de Deporte Solidario. No hay mejor manera de llamarlo pues resultó, sin duda, un día lleno de diversión y alegría, aunque muchos tuvieran que sufrir alguna derrota. Por encima de todo estuvo presente el deseo de ayudar a los demás. Un año más, los alumnos de 5º y 6º de Primaria y 1º de ESO, destaparon su lado más solidario. Para ello se inscribieron en la competición y lucharon por conseguir su premio.

No sólo esos alumnos fueron solidarios; también había alumnos de 2º, 3º y 4º de ESO, y 1º de Bachillerato, desempeñando la función de “camareros” y árbitros. Pero para que todo esto se realizara sin imprevistos, también había profesores como don David, don Rafa, don Enrique, don Eugenio y el personal de mantenimiento.

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Había 415 alumnos de la sección III y 40 voluntarios de 4º de ESO y 1º de Bachillerato ayudando a que todo saliese como cabía esperar; también contamos con la presencia de muchísimos padres, que, como siempre, estaban apoyando a sus hijos en la competición deportiva.

Eran ya las 9’30, la temperatura era excelente y el Oratorio del Colegio estaba lleno. Comenzaba la Santa Misa, mientras profesores y alumnos ultimaban los preparativos. Luego una avalancha de personas se dirigió hacia el parking de la entrada delantera. Allí, cada equipo, miraba los horarios de sus partidos e iban a sus correspondientes campos para comenzar. Nosotros, los camareros, nos pusimos nuestros polos y comenzamos organizando el suministro de las bebidas. Al principio, todo parecía muy tranquilo, pero cuando pitaban el final de un partido, todos los chavales se dirigían a la barra para beber y para llevarse su correspondiente papeleta de la rifa. Las papeletas se vendían muy rápido.

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Todo marchaba a la perfección. Iban a comenzar las semifinales, pero para dar un descanso a los jugadores, don Eugenio se dispuso a comenzar la rifa. Empezaron a salir premios y la gente, muy ilusionada, seguía comprando papeletas. En torno a las dos menos cuarto ya se habían vendido todas las papeletas y todavía faltaba la segunda parte de la rifa. El día resultó un gran éxito; en la barra no dejamos de vender papeletas, —llegamos a vender mil trescientas papeletas—. Creo que, de los cuatro años que llevo detrás de la barra nunca hemos vendido tanto. En total recaudamos alrededor de cuatro mil euros, una suma nada despreciable en los tiempos que corren. Cabe destacar que la rifa no fue decepcionante; las empresas que colaboraron (Telefónica, Orange, etc.) fueron muy generosas, y muchos niños tuvieron la suerte de poder llevarse a casa premios como: televisiones de pantalla plana, modernas gafas spacevision, relojes de última generación, MP4, etc. Al terminar los más agraciados pudieron disfrutar de sus premios; los demás, se “conformaron“ con haber ayudado a los más pobres (que es lo realmente importante). Los ganadores de la competición recibieron sus copas, sus medallas y una bolsa con todo tipo de objetos para el deporte.

De verdad que nos gustaría dar las gracias a todos los que acudieron ese domingo y que hicieron posible que este Torneo Solidario saliese adelante. Es una alegría que haya tantos profesores y alumnos contribuyendo con su tiempo e ilusión en torneos y concursos para ayudar a los demás. Todo esto, no se podría haber realizado sin la inestimable ayuda de empresas como Movistar, Orange, Mercedes-Benz, Real Madrid C. F., Décimas, i-Joy, y muchas otras que han participado.

Eduardo Rodrigo y Fernando Álvarez de Toledo (4º E.S.O.)

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El día 10 de abril de 2011 fue inolvidable. Los alumnos de la Sección Tercera nos reunimos en el Colegio con motivo del Deporte Solidario. El precio de la inscripción valía la pena. No solo pudimos disfrutar de un apasionante torneo de fútbol y baloncesto, sino que además colaborábamos con nuestros proyectos solidarios de Jerusalén, Sudáfrica y Costa de Marfil.

Una cosa quedó clara: ser solidario no es aburrido. Muchas familias nos acompañaron aquella mañana. Para aquellos que no tenían partidos que disputar, o en los que animar, había un gran puesto de bebidas dónde refrescarse y conseguir papeletas para la gran rifa: camisetas, toallas, gorras, mochilas… ¡y hasta una tele! Los nervios crecían cuando se acercaban los premios grandes.

Y para hacer más agradable y divertida la espera estaba el “Chilenódromo” en el que algunos probaban suerte para parecerse a sus ídolos en los remates más complicados e inimaginables. Deporte, solidaridad, familia, buen tiempo… No se nos ocurre una mejor forma de pasar un día de fiesta.

Ignacio González Zatarain y Miguel Junguito Bravo (5º Primaria)