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Verano 2011: CAMPO DE TRABAJO EN TIERRA SANTA

TS1Recogemos los testimonios de dos asistentes al Campo de traba­jo en Tierra Santa que realizaron los alumnos de 2º de Bachillera­to al terminar su etapa en el Co­legio. Tras acabar la Selectividad decidieron dedicar esos ansiados (y merecidos) días de vacaciones a fortale­cer su co­razón y desarrollar su capa­cidad de darse a los demás. El grupo lo compo­nían 31 alumnos y 3 pro­fesores.

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Los han escrito dos participantes, pero cualquiera de los otros 31 lo podría haber hecho igual. Cualquiera podría, —y se hubiera quedado corto— contar lo incon­table de esos días: el duro trabajo bajo el sol de Nazaret, descripcio­nes interminables sobre las calles (y sus historias) de la ciudad anti­gua de Jerusalén, los lugares san­tos increíbles y emocionantes en los que estuvieron, momentos de entrega, de sufrimiento y risas, de guitarra, comidas de batallón, mo­mentos de ayuda, de responsabi­lidad, de darse cuenta de que se pisaba por los mismos lugares que Jesús, de amistad “a tope”, de lo que “no es serio”… de que un campo de trabajo es “otro rollo”.

Por último, queremos dar las gra­cias, de parte de todos los alumnos y la gente de Tierra Santa, a todos los que cola­boraron para que este Cam­po de trabajo se hicie­ra posible: ha hecho mucho bien. Realmente ha sido el mejor broche final de la maravillosa estancia en el Colegio Retamar.

Anselmo, Borja, José, Jimmy, Pa­blo, Enrique, Luis, Carlos, Nicolás, Ál­varo, Alejandro, Fernando, Juan José, Pepe, Fernando, Pedro, Gonzalo, Pa­blo, Álvaro, Jacobo, Álvaro, Carlos, Álvaro, Iñigo, José Luis, Jacobo, Carlos, Jaime, Jorge, Álvaro e Ignacio.

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GRUPO DE NAZARET

La primera semana comple­ta en Nazareth trabajamos en el hospital italiano de la ciudad, Ho­ly Family Hospital, perteneciente a los Fatebene fratelli, de la Orden hospitalaria de San Juan de Dios. Odette, nuestro contacto en el hos­pital, nos guió enseñándonos las instalaciones, presentándonos al personal y explicándonos cómo debíamos funcionar. Nos llamó es­pecialmente la atención el área de maternidad donde pudimos ver a los recién nacidos en las incuba­doras. Tras esta primera visita y una media-mañana, conocimos a Elías que se encargaba de asignarnos el trabajo: un pequeño grupo fue al almacén a ordenar historiales mé­dicos de los pacientes y otros se de­dicaron a labores de jardinería en los alrededores de la Guest House. Después de comer en el hospital, nos tocó arreglar otros jardines de allí, en los que algunos demostra­ron su habilidad podando setos.

El segundo día fue el más inten­so. Primero nos encargaron limpiar un pequeño jardín en la zona de aparcamiento. Vista nuestra efica­cia, se atrevieron a mandarnos a limpiar de malas hierbas y basu­ra un talud en la parte trasera del edificio, desde la cual veíamos a nuestros compañeros del otro gru­po cargar montones de archivos médicos.

Después de una comida bien merecida, tuvimos el lujo de po­der irnos un rato antes al albergue, donde pasamos una tarde de des­canso y guitarreo (por obra y gra­cia de Jimmy Chart) en la terraza.

El miércoles, se añadieron las labores de lavandería a las de ar­chivos y jardinería. Aquel día en los jardines fue más relajado. La ven­taja de ayudar en la lavandería era que amablemente se ofrecie­ron a lavarnos nuestra ropa, y con ello te podías sentir limpio unas ho­ras al día.

Al día siguiente, hubo que limpiar las aceras del recinto del hospital y trasladar materia­les de trabajo. Alguno recorda­rá muy bien este día porque se quedó atrapado en el montacar­gas del hospital. Los que estaban en los archivos aprendieron a es­cribir en hebreo y árabe sus nom­bres y se los tatuaron en los brazos, mientras que otros tuvimos que limpiar el edificio nuevo que esta­ba en obras. También se nos en­cargó formar el escudo del hospital con piedras de colores en una zo­na de uno de los jardines.

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El último día, después de la ho­ra de comer, tuvimos una fiesta de despedida en la que nos die­ron unos diplomas y unas cartas de agradecimiento firmadas por nuestros responsables en el Hos­pital. A cambio, obsequiamos a Odette con una camiseta del equipo del colegio, firmada por todos los que allí estábamos, por lo buena y amable había sido du­rante nuestro trabajo en el hos­pital. Tras esto, algunos alumnos hicieron un festival musical guia­dos por don Sergio y presentados por Juan Postigo, que demostró su habilidad y fluidez con el inglés. Para despedirnos, fueron citados en el hospital diversos medios de comunicación y nos pudimos ver, con mezcla de asombro y orgu­llo, al día siguiente en sus páginas web. Pero lo que realmente nos emocionó y nos llenó de orgullo fue el detalle de poner una pla­ca en honor del Colegio Retamar, junto con la plantación de tres ár­boles conmemorativos.

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GRUPO DE JERUSALEM

Tras una dura división, doce fuimos enviados a Jerusalem pa­ra acondicionar la casa en la que íbamos a vivir todos y que forma­ba parte de la futura academia de idiomas. Nosotros sólo teníamos que enyesar, pintar y limpiar tan­tos cuartos como pudiéramos. Así, al llegar el resto del grupo, podría­mos ir todos a hacer turismo por Je­rusalén.

Cuando llegamos a Jerusalem, dimos un largo paseo hasta lle­gar a nuestra “casa”, una peque­ña parcela construida en el centro de la Old City, simulando las gran­des mansiones. Era un bloque de apartamentos con tres pisos y un amplio patio interior. La mayoría estaba habitada por miembros del Opus Dei, con quienes nos íbamos a alojar. El resto era un matrimonio de judíos ultra ortodoxos con ocho hijas. En el ala oeste vivía un ma­trimonio de árabes que pasaban bastante desapercibidos.

Fuimos conducidos a nuestras habitaciones para pasar la noche. Estaban limpias y con las paredes pintadas; sobriamente amuebla­das con un enorme y desalentador vacío. Apilamos nuestros sacos de dormir y demás bártulos contra la pared, hicimos un justo reparto de habitaciones (una estaba más cer­ca del baño y era más pequeña, por lo tanto, la preferida) y salimos a investigar.

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A la mañana siguiente nos presentaron a Johnny, el albañil, obrero, capataz, guía y protector nuestro. Sin él de nada hubiéra­mos servido nosotros ahí. Johnny era un hombre maduro, de unos cuarenta y cinco años, pelo grisá­ceo y manos curtidas. Pese a su edad, descubrimos una agilidad felina que, junto con sus mane­ras rudas y su inglés digno de todo un indio, conformaban una perso­na sencilla, con un gran carácter y mucha sensibilidad para los pe­queños detalles. Su nombre, por supuesto, no era ese, pero el ver­dadero yo no sería capaz de pronunciarlo. Es un árabe nacido y criado en la Old City, en el merca­do. Había sido policía durante casi treinta y dos años y vivido la prime­ra y segunda Intifada. De ahí que conociera todos los secretos, calle­juelas, a los comerciantes más ti­madores y a los más justos, legales e ilegales, de las calles del merca­do. Se había convertido al cristia­nismo y empezaba a participar de los círculos y otras actividades de formación. Johnny nos puso a tra­bajar durante tres días sin parar, derribando paredes, quitando es­combros, vaciando cuartos de to­do tipo de desperdicios.

Cada mañana, dos encargados iban a comprar el desayuno, la co­mida y la cena del día. El primero, fueron vilmente timados; el segun­do día Johnny nos acompañó, y siempre recordaremos su frase al vendedor: “This are my friends, re­member his faces because they will come here every day. They will pay to you what is fair, and no mo­re! Do you understand?” Todo esto en árabe, que hablado rápido es incluso más ininteligible que su in­glés. Por supuesto, a partir de ese día todo cambió y gozamos de bastante respeto y cierta populari­dad por los comercios del merca­do.

Terminamos el trabajo como buenamente pudimos justo el día que llegaba el resto del grupo. Du­rante esas tardes nosotros ya ha­bíamos visitado el Muro de las lamentaciones, el Calvario y ca­si todos los Santos Lugares. El mer­cado nos lo conocíamos al dedillo y parecíamos auténticos nativos. Echábamos de menos a aquellos que se habían quedado en Naza­ret, por lo que fue una gran ale­gría encontrarnos de nuevo. Ya no había más trabajo que patearse Je­rusalén de arriba abajo, ejerciendo un poco de guías, un poco celosos de enseñar “nuestra Jerusalén”.

Fueron días alucinantes, com­pletísimos, intensos, cansados, calurosos, emocionantes e irrepeti­bles. Nos pasó de todo: desde dis­parar una Beretta de 9 mm hasta jugar un polis y cacos por el mer­cado. No os vayáis a pensar que no visitábamos nada, pues todos los días fuimos a muchos sitios, al Templo de Jerusalén, al Monte de los Olivos, varias veces al Cal­vario y al Santo Sepulcro, hicimos el Vía Crucis, estuvimos en el lu­gar del Prendimiento, de la Última Cena… Comimos “shawarma”, una especie de kebab especta­cularmente rico, bastante picante (alguno más que otro) hecho en el acto en una sartén cutre al ai­re libre, por supuesto, por un ami­go de Johnny. Regateamos en el mercado como los que más, nos pateamos las calles y le cogimos un enorme cariño a los muros de la Ciudad Antigua.

En estas breves páginas no es posible describir todas las emocio­nes pasadas. Fue una semana de ensueño, de convivencia, traba­jo, cansancio, culturas y curiosida­des nuevas, que nos ha dejado a todos un vívido recuerdo grabado en la memoria y que jamás olvi­daremos.

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Campaña de Navidad 2010

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Querida familia: Como otros años, al acercarse las fiestas de Navidad, nos dirigimos a ustedes para explicarles la Campaña Solidaria Navideña que impulsaremos desde el Colegio, y animarles a participar con toda su ilusión y generosidad.

Continuaremos apoyando la tarea que se realiza, desde la parroquia madrileña de Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), calle Senda del Infante 22, Madrid, con personas desfavorecidas (inmigrantes, familias que viven en chabolas, programa Red Madre para madres solteras, etc.), que no disponen de los medios para poder tener algún “extra” en Navidad.

Este año, también apoyaremos el Centro para Ancianos Pobres, que las Hermanitas de los Pobres, mantienen en Los Molinos (Virgen del Espino, 1. 28460-Los Molinos). Desde el Colegio, con la colaboración de todos, les queremos llevar nuestro aliento y cariño, y algunos medios materiales para que también ellos celebren el Nacimiento de Jesús.

La Campaña consiste en entregar a estos dos centros, para que lo distribuyan entre esas personas necesitadas, alimentos no perecederos (para los ancianos enfermos vendría bien: aceite de girasol, leche, café, infusiones, sopas preparadas, conservas, galletas y papel higiénico), dulces navideños y mantas. Les agradeceríamos que, entre los días 9 y 16 de diciembre, cada alumno traiga al Colegio lo que en la familia se haya decidido aportar. Como siempre, les sugerimos que esa aportación sea fruto, al menos en parte, de privarse de algo para darlo a los demás. Les damos las gracias, en nombre de esas personas, por su generosidad que el Niño Dios pagará con creces.