Ir a una residencia de ancianos

Me ha parecido una experiencia muy buena porque te das cuenta de que esas personas mayores te tratan como si fueras su nieto. Por ejemplo, a mí una anciana muy simpática me dijo que teníamos muy buenos modales y, además, me contó toda su vida, en qué trabajó, sus hijos, …. como si yo fuera  unos de sus nietos.

Con los ancianos jugamos al bingo, donde me pareció sorprendente que una señora, al cantar yo los números, me dijera que era listísimo porque me sabía los números. Ahora me doy cuenta de la suerte que tengo por ir a un colegio en que te enseñan a contar, porque posiblemente a esa anciana no le habían enseñado los números.

Al irnos también me ha sorprendido que una de ellas se ha puesto a llorar porque nos íbamos.

Domingo Prada Olivé  (2º ESO B)  

El otro día fui a la residencia Casa Blanca con otros 7 compañeros  de clase para acompañar un rato a las personas mayores que viven allí.

Salimos por la mañana en furgoneta y llegamos ahí en poco tiempo, ya que la residencia está cerca, en Pozuelo. Al llegar nos presentaron a todos los residentes. Hablamos un rato con ellos, como una media hora. Nos contaron su vida,  lo que aún les gustaría poder ha cer… Se notaba en sus rostros la sonrisa por estar acompañado y me di cuenta de que, con algo tan simple, les podíamos hacer muy felices, aunque fuera un rato.

Finalmente jugamos al bingo. Algunos de mis compañeros cantaron los números y minutos después  se oía “¡bingo!” y se comprobaba si eran correctos los números. Esta experiencia, como muchas otras, me ayuda a ser generoso con mi tiempo y a acompañar a  personas a las que nadie ve y que se sienten muy solas.

Rafael González de Canales  (2º ESO E)

Un grupo de alumnos de 2º E de ESO nos fuimos a un residencia  llamada “Casa Blanca”. Fuimos por voluntad propia, con el consentimiento de nuestros padres, sabiendo que después tendríamos que recuperar las clases perdidas.

El asunto consiste en acompañar un par de horas a personas mayores y pasar el tiempo dándoles conversación y organizándoles un poco algunos juegos de mesa. Algunas de estas personas pueden  parecer un tanto infantiles, pues parte de ellos sufren problemas  mentales. Ahora recuerdo especialmente a una señora que era sorda y a otra que lloraba sin parar. Durante un rato, yo me senté enfrente de una señora que tenía otro problema: no paraba de hablar y articular cosas sin sentido.

Después jugamos al bingo; ahí teníamos que ayudarles a colocar las fichas, a moverlas…  Unas cuantas de estas personas están recluidos allí, casi “aparcados”, sin apenas recibir visitas;  por ese motivo vamos allí nosotros,  para cambiarles un poco el día.  A cambio nosotros aprendemos a tratar mejor a los demás.

Pelayo López Medel Marina  (2º ESO D)

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