Hoy tú no eres el “prota”

Familia Romera Calaforra

 

Antes de entrar en Retamar, nuestro hijo estuvo en un colegio estupendo llamado Everest. Entre sus muchas buenas ideas estaba “la semana del protagonista”, en la que el niño en cuestión podía ir disfrazado al cole, llevaba fotos de su familia, de sus vacaciones, se    colocaba el primero de la fila, ayudaba a repartir la merienda, etc. En definitiva, era “El prota”.

Me sorprendo a mí mismo cuando analizo cuántas veces -sin que sea de un modo tan oficial y tan sonado- seguimos haciendo a nuestros hijos “protas” de nuestros días, de nuestro fin de semana, de los planes, de las vacaciones… Como me ocurre con tantas otras cosas, ya no sé si eso es bueno o todo lo contrario, y por ese motivo no lo voy a adjetivar. Diré simplemente que tiene ventajas, pero también inconvenientes.

Hay una mañana cada mes y medio aproximadamente (¡ya ves tú!) en la que participamos en el “voluntariado familiar” y en la que oficialmente se les dice: “Hoy, hijo, tú no eres el prota”. Hoy, si te aburres, no es importante, porque lo importante hoy es que fulanito o menganita se lo pase rebien. Si esta mañana no te hacemos tanto caso, tendrás que aguantarte. Si no te doy la mano es porque la tengo ocupada con la mano de una niña que obedece más a las caricias que a las palabras, a un niño que se ríe más si le hago “cosquis” que si le cuento un chiste. O simplemente porque estoy tan sumamente concentrado que te oigo pero no te escucho en absoluto. Yo, que nunca he sabido hacer dos cosas bien a la vez, resulta que ahora estoy pendiente de las reacciones de un niño que no tengo claro si se entera de que estoy ahí  con él o no. Porque si cada niño es un mundo, en esto del voluntariado familiar la frase adquiere un sentido amplio donde los haya.

Luego la cosa evoluciona y ya puedo estar pendiente de más cosas. De cómo le coges tú de la mano porque está “helao”. O de cómo le soplas flojito para que se le seque el sudor de la frente después del partidazo que hemos echado. O de cómo le miras, flipado por completo, intentando entender “no sé qué”, y acto seguido te levantas y le haces una caricia sin venir muy a cuento. Vamos, que sin querer, vuelvo a estar pendiente de vosotros y eso que hoy, como os hemos repetido mil veces, no sois “los protas”.

Hemos pasado de un voluntariado a secas como hacíamos de jóvenes a un “voluntariado familiar” (me encanta el adjetivo). Hemos construido una actividad familiar que esta vez    no es un plan pensado para vosotros, aunque creo que en gran medida también lo es. La actividad del voluntariado familiar es así. Como decía mi abuela, “se juntan las hambres y las ganas de comer”. Dicho en fino, se aúnan las buenas ideas (ahora sí las califico de buenas) con una organización muy bien pensada que ha conseguido dar forma a un proyecto en el que, como poco, intervienen tres ideas fundamentales. Dos te las explican detalladamente en la charla de iniciación. La tercera ya te la he adelantado en los    párrafos anteriores, pero volveré a ella al final.

El primer objetivo es que los niños disminuidos psíquicos cambien de aires, se diviertan con otros niños de su edad y que pasen un día distinto, fuera de las rutinas habituales.    Que se rían, que se diviertan (en algunos casos es difícil afirmarlo, pero en la gran mayoría de los niños, la deficiencia es leve y no les impide ser tremendamente expresivos).

El segundo objetivo que te explican es el del “respiro familiar”. Porque hay casos en los que la atención que requieren los niños es intensa y continuada. Es muchísima atención y aunque nadie se queje, debe ser agotador. Os pongo un ejemplo. En una ocasión, sacamos    a un niño autista de unos 10 años y fue la primera vez que su madre se separó de él. (¿Impresionante, verdad?). ¿Sabéis para qué aprovechó la cobertura? Pues para ir a hacer la compra sola (bueno, sola con su otra nieta). A la vuelta, ya al despedirnos incluso nos preguntó si tenía que pagarnos algo. Le dijimos que con 50€ quedábamos en paz (¡¡que noooo, que es broma!! Es que parece que os veía leyendo con cara melancólica y no se    trata de eso sino de animaros). Perdonadme la broma, pero quedaros por favor con la pregunta para que veáis hasta qué punto un descanso de una mañana puede ser algo extraordinario en algunas familias.

El tercer ingrediente que interviene en esta actividad no te lo explican en la charla, pero para eso estoy yo escribiendo esto, ¿no?. Se trata de un intangible para nuestras familias y que no tengo ningún pudor en reconocer que también ha pesado en la decisión de comenzar el voluntariado familiar. Educar en la generosidad. Compartiendo el tiempo, los planes, el protagonismo y de una forma u otra darse a los demás. Nuestros hijos, todos y de acuerdo a su edad, participan de una actividad en la que toda la familia está involucrada.

Permitidme  aquí deciros que conocí a una colega voluntaria en su carrito de bebé y que ahora nos acompaña con sus dos añitos cumplidos (¡menudo ejemplo de familia!). Como decía, nuestros hijos lo viven, no se lo  contamos. Descubren que existen estados de salud distintos a los suyos, otras zonas de Madrid por las que no pasamos habitualmente, barrios con otros colores, casas diferentes a la tuya, a la mía, a la del último cumpleaños al que le llevamos. Sobre todo, aprenden sin darse cuenta a convivir con los chicos. A reducir esa distancia que crea la ignorancia, a normalizar esas reacciones instintivas que sólo con el    trato conseguimos incorporar en nuestras conductas. Dudo mucho que a alguno de nuestros niños del voluntariado se le ocurra usar la palabra subnormal como insulto, hacer muecas de cualquier niño con una deficiencia, retirarse cuando algún niño se acerca a darles un abrazo, hacer un mal gesto cuando les den un beso con más o menos babas, mirarles por encima del hombro, etc. Pongo mi mano en el fuego que no lo harán, y estas cosas son realmente importantes, son tremendamente valiosas en cual  quier educación que quiera considerarse completa, integral o como se quiera llamar.

Nuestros hijos son pequeños. Van a donde les llevamos y de momento no pueden conocer por sí mismos ciertas cosas si no se las mostramos, mejor aún, si no las vivimos con ellos. En fin, paradme que me embalo yo solo. Es una oportunidad excelente para que ellos (y nosotros) se planteen temas de un modo verdaderamente profundo (te sorprenderán sus preguntas). Un momento para transmitirnos sus dudas y, cómo no, una oportunidad de oro que nos dan para enseñarles a ensanchar el corazón con nuestras respuestas. No me cabe la menor duda de que lo hacen. Mi cuñado viene acompañándonos estas últimas salidas y a pesar de no tener niños, le resulta evidente la combinación de estos tres ingredientes de los que te he hablado. Para su caso, como para nuestros hijos universitarios, la ONG    (Desarrollo y Asistencia) tiene otros programas específicos con jóvenes de su edad, ya sin la familia detrás y con actividades más adaptadas tanto a los niños disminuidos como a ellos mismos. Planes de ir a la bolera, al retiro, visitas en hospitales, residencias, etc.

Volviendo al “voluntariado familiar”, me pregunto si con más familias como vosotros se podría  ampliar el círculo de colegios, asociaciones, entidades, familias que se benefician (que nos beneficiamos) de esta iniciativa tan bien ideada. En fin, que termino ya con la    misma intención de no adjetivar con bueno o malo, pero esta vez me voy a permitir al menos “cuantificar”. Diciéndote que, en resumen, esta actividad del voluntariado familiar tiene muchísimas más ventajas que inconvenientes y que por eso yo te animo sinceramente a que lo emprendas.

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