El que quiera peces…

Hacía mucho tiempo que tenía la necesidad de hacer algo por los demás. No solo recibir, sino dar. Cuando me informé sobre el viaje a Israel no dudé, no solo porque iba a satisfacer esa necesidad, sino también por la tierra de la que estábamos hablando, Tierra Santa, la tierra del Señor.

He de reconocer que el primer contacto con Nazareth no fue el que esperaba. Me costó mucho entrar en la dinámica del campo de trabajo y tuve algún bajón. Me duró poco. Muy poco. Sin duda lo que despejó mis dudas fue la toma de contacto con las monjas del hospital. Era tan impresionante el sacrificio que hacen por los de-
más, y con la felicidad con la que lo hacían. Te parabas a pensar y esa felicidad que mostraban era, en buena parte, gracias a nuestra presencia. Eso fue lo que hizo realmente sentirme orgulloso de mí mismo y saber que lo que estaba haciendo era trabajar duro porgente que se lo merece más que nadie. Siempre que me preguntan acerca de las monjas del hospital en el que estuvimos respondo de la misma manera: “Era como es-
tar con la Virgen María 24 horas al día’’. La felicidad que tenían, la amabilidad con la que trataban a todos, su fe ciega en nuestro proyecto, etc. hizo darme cuenta de que de verdad existen personas tan buenas.

Otra de las cosas que más me gustó de esta experiencia fue algo que no me había ocurrido nunca, quizás porque nunca había estado en un campo de trabajo y por tanto no tenía ningún tipo de experiencia similar. Saber que mientras tú estás llevando escombros de 14kg en la espalda 7 veces por hora, no estás solo, es decir, tus amigos están haciendo lo mismo, y los que fueron tus profesores, que jamás pensarías que currarían así, también. Mientras tú lo estás pasando mal, hay otros 30 que están igual o peor que tú. Todos somos uno y si uno se caía, le levantábamos entre todos. Ese sentimiento de darlo todo y motivarnos para conseguir nuestro objetivo, fue algo que te marca y te hace crecer como persona y hace crecer a los demás.

Finalizando, este viaje aparte de lo que me ha cambiado, me ha hecho recuperar la esperanza en este mundo. Y es que ahora sí puedo asegurar con toda seguridad de que hay personas que no tienen maldad y que, gracias a la fe que tienen, jamás la tendrán.

Que dan su vida a cambio de nada y son más felices que tú, aunque tú tengas mucho más que ellos. Y es que al final, “no es más feliz el que más tiene, sino el que menos necesita”.

Por Agustín Marín Gil de Biedma

Creo que lo más impactante del Campo de Trabajo era levantarse a escasos 500 metros del Santo Sepulcro o el decir que quedabas en la Puerta de Damasco, todo nombres o sitios que has oído durante años en la clase de religión.

Quizá lo más emocionante puede que fuese que nuestro trabajo diario era una gran metáfora que nos hicieron comprender desde el primer día. Trabajábamos en Polis, una escuela de idiomas, y lo hacíamos porque era un sitio que luchaba, mediante la enseñanza de idiomas distintos, por un mismo valor, la paz. Si miembros de distintas religiones aprendían en la misma clase aprenderían que no es necesaria una situación de tensión constante o que el racismo de religiones es algo medieval. También nos dijeron que de toda la población de Israel un 70% es partidaria de la paz, pero no se atreve a dar un paso, o simplemente su religión se lo impide.

En cierto modo somos unos privilegiados por haber vivido en una posición privilegiada dentro de la ciudad de Jerusalén, pero también considero que hemos sido unos privilegiados por haber podido trabajar para mejorar un proyecto como el de Polis, que sin muchas ayudas intenta luchar por un futuro mejor y por una situación de paz entre todas las religiones.

Antonio González-Pacheco Ghisleri

Cuando en 3º de ESO me dijeron que tendría la opción de realizar un campo de trabajo en Israel, no pensé en ello, ni en lo que en un futuro sería uno de los mejores viajes que he realizado en mi vida.

Fue un viaje único. Era la primera vez que visitaba el continente asiático y estaba bastante nervioso. El campo de trabajo que yo realicé fue ayudar en un hospital en Na-
zaret, un pueblo que jamás me lo habría imaginado de esa manera.

Fue un viaje plagado de emociones, que sin ninguna duda volvería a repetir.

Mi trabajo consistió en podar y despojar de las malas hierbas todos los jardines del hospital. Más adelante nos contarían que nadie anteriormente había hecho ese trabajo, por lo que estaban profundamente agradecidos.

Lo que sobre todo me emocionó fue la disposición de las monjas con respecto a nuestro trabajo. Cada vez que nos veían cansados, sedientos o hambrientos nos ofrecían al-
go que llevarnos a la boca y, sobre todo, su constante agradecimiento ante el esfuerzo que estábamos haciendo ese mes de junio, en vez de disfrutar haciendo viajes y saliendo.

Fue un viaje que probablemente jamás pueda repetir. Esto es debido a que nunca volveréa coincidir en el mismo contexto, con la misma gente, y el mismo trabajo. Siempre recordaré este viaje con cariño y alegría.

José Luis Pérez de Ayala Bonelli

Cuando mis padres me animaron a ir al campo de trabajo de Israel me ilusioné, pero llegó el día de partir y estaba un tanto desencantado: todos mis amigos se iban de viajes de placer y diversión y yo pensaba que me dirigía a todo lo contrario.

Nada más llegar a Nazaret y escuchar lo que la gente sufría, y lo que vivía cada día, me di cuenta de que tenía que “cambiar el chip”. Poco a poco caló en mí la idea del proyecto de ayuda que hacíamos, hasta el punto de no sentir pena ni enfado por estar ahí, más bien todo lo contrario. Fue una experiencia inolvidable que me ha hecho ser mejor como persona y que me ha unido en amistad con gente muy valiosa.

Luis Velo de Antelo

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